viernes, 4 de septiembre de 2020

De aquí a la eternidad



A Montgomery Clift

Aquí mis labios tibios
se funden con la gente que escapa de su casa
como la niña inquieta
que no encuentra su sitio
entre las flores blancas que cuidaran tus manos
en un sueño disperso que inmolaste con rabia.

Esta ciudad perdió de la verdad el rumbo,
ni mirando a los ojos se cumplen las promesas
en sus torpes entrañas 
y en sus bloques cansados,
 el cine está vacío, apenas tres asientos,
nadie molesta
los sorbos de un ardor febril y enajenado,
y no importa el cartel ni los actores
ni las manchas de sombra que persisten
en la oscura butaca del fondo apagado
que insiste en tu camisa destrozada,
en el tenue recuerdo que disipa mi imagen
y el amor que enterraste con el último tango.

No importa la Celosa cuando no te requiere
y vagando la dejas por la sierra perversa
buscando a un amante atormentado
cuyo dolor se expande y aprisiona sus miembros
a la litera fría que pregona la muerte
y el pensamiento amargo 
de un amor extinguido
en el borde más negro de un fuego masacrado.

Amabas la ciudad y la Casa de Campo,
el ruido que enloquece la razón de los cuerdos
que tú representabas en tu perfil humano, 
los árboles que ocultan
las horas del amor y las caricias,
la danza de los cuerpos vibrando en la vereda
que no desaparece de los ojos nublados.

Declaraste la guerra con hechos consumidos,
tu Pearl Harbor resiste con firmeza
en mi memoria triste
me asalta y me castiga con su furia implacable;
aún me sobrecoge el ruido de las hélices,
la sangre en las miradas,
tu voluntad constante de querer lo perdido
por encima del mar y de la muerte,
de despreciar la túnica morada de un profeta
confuso que se enfrenta a la locura ciega
del mundo y su metralla,
y se arrastra en la sábana de un sueño amortajado.

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Debo tener en cuenta lo que me dijiste algún día y no escuchar tu silencio de ahora.