jueves, 23 de junio de 2022

Los Puentes

Ella creía que todos los puentes eran hermosos.



I could have loved you once
and even said it
But you went away,
When you came back it was too late
And love was a forgotten word.
Remember?

(Marilyn Monroe)

Pude haberte amado alguna vez
e incluso te lo dije,
pero te fuiste,
cuando regresaste era demasiado tarde
y el amor una palabra olvidada.
¿Recuerdas?

1

Una habitación sin alma

Hay quien puede creer que tu sonrisa es triste,
que envidias la soledad sin sueño
de los pájaros que mueren
porque no tienen pulso que les lleve a gritar,
porque sus alas no vibran de desesperación
ni tienen que enfrentarse
al castigo de las horas envueltas en tañidos sin campana,
en llamadas sin respuesta.

No volverá tu padre para sentarte en sus rodillas
y decirte que eres preciosa y tierna,
que no te dejará nunca,
te sentirás fuera de órbita en el planeta de tu madre
que ante el espejo destroza el carmín contra sus labios,
las flores contra el olvido
donde navega la última frase de amor que no recuerda,
y llorarás, como se llora en el silencio de una habitación sin alma,
como llora una niña cuando el mar le inunda los ojos
y una pajarita de papel con un poema plegado
le atraviesa el pecho encogido
mientras espera que la aurora llegue para llevarse el miedo.

2

Los puentes

Ya no sentirás vergüenza de ser una chica triste,
ya no pensarás que has hecho algo malo
cuando tu amante se enfade
porque han bajado sus acciones o ha perdido en las carreras.

No agacharás la cabeza bajo los puentes inclinados
ante el recuerdo errático de tu amor
y la huida de las caricias,
no verás el acero envolviendo los cristales
con las pinceladas borrosas de los edificios
en la lejanía de los crepúsculos que se apagan
donde tu corazón se desmorona
como la última lágrima
de una sirena que vaga
perdida en la corriente constante del Hudson.

3

Ningún lugar
Algo ocurre cuando un poeta no quiere hablar de sus versos.


*** *** *** *** ***

Esta ciudad que fue cuna de mi agonía
hoy me lleva hasta el mar profundo de la queja.
(No hablaré de poesía)

Inspirado por la huida de los grandes poetas
en las hojas del sauce mi corazón gemía,
son las calles, los sueños tan oscuros sin ti
que por no derramarme en la nada me inspiro.
( Escrito sobre Poeta en Nueva York - Abril de 1991)
 
Estarás sola cuando llegue el cartero
y pregunte por otra dirección,
¿sabes dónde vive la tolerancia?
¿dónde la generosidad que nadie tuvo contigo?
¿dónde encontrar el milagro de una sonrisa sincera?

Se hace tarde, la esperanza ha pasado,
la ciudad se cubre de una neblina fluorescente,
de banderas enterradas en un mástil a media asta
que muestra las cadenas
de una derrota que gime en tu cabello
y brilla en las alfombras oscuras de tu cuadro de aforismos
cuando hay muchachos que escriben en el rostro de la calle
sueños y rabia con un verbo descontrolado
que ya no tiene orilla y vuelve a la distancia
del mar que lo inunda,
y hay quien pasea
sin saber hacia dónde se encaminan las hojas
que morirán sin pluma y sin abrigo
ante los muros que caminan en el silencio
de los portales que abrazan la queja de los pobres,
el llanto de los lirios que gritan en los ojos de los charcos,
quien tiembla ante el recuerdo del amor
como si fuera un dios que no le perdonara
haber nacido con una sonrisa triste
como la tuya, como tu enredadera y tu recuerdo,
quien canta en las aceras
cuando en los árboles danza la soledad de un banco,
cuando la luna, los trajes y los requiebros
de un amante que sufre se han perdido
y un sobre abre la bruma que empaña la ventana
del vientre de una brisa que se muere.

Siguen pasando los coches y te quedas ensimismada
con los fragmentos de belleza
que proyecta la luz de los faros sobre la lejanía
mientras tu corazón se acerca
a la fragilidad de un sueño inacabado,
a una ruta cortada por un murmullo de voces que no comprendes.

Nadie te espera, nadie te necesita
pero yo entregaré tu nombre a la rosa de los vientos
cuando haya una herida en la sombra callada de una estrella,
cuando el norte se apague y tenga para siempre tu sonrisa.
 
4

Marilyn Monroe - La profunda tristeza de una inadaptada.
 
El rodaje de "Vidas rebeldes" acabaría siendo una tortura para los tres protagonistas, el guionista y el director, aunque es posible que este último, John Huston, disfrutara en el sufrimiento con aquella explosión auténtica de vida que encajaba con su aliento existencial; malgastó en el casino incluso lo que no era suyo[1] mientras fumaba y bebía compulsivamente. No importaba que esa vida se estuviera apagando en los ojos de los protagonistas, porque ese ocaso traspasaba los límites de la ficción para convertirse en un testimonio desolador de la belleza entre el desierto caluroso pero oscuro y el espíritu irrefrenable de la decadencia humana. Probablemente el genial director no volvería a encontrar esa senda en el vientre de la melancolía hasta “Dublineses” cuando ya se estaba muriendo mientras pagaba el tributo a una ruta plagada de excesos que había provocado que muchas veces no pudiera exhibir su inmenso talento. Para él la vida estaba demasiado por encima de la gloria.

El guion de "Vidas rebeldes", película que, desde mi punto de vista, llegará a ser mítica algún día por sus valores cinematográficos intrínsecos no solo por ser una leyenda, iba siendo modificado en la medida que Arthur Miller se convencía de que Marilyn no iba a cambiar nunca aunque fuera distinta, no llegaría a ser como él quiso alguna vez que fuera antes de su pregonado romance con el actor y cantante francés Yves Montand, él no sería una excepción que cercenara su naturaleza enamoradiza y con tendencia a la infidelidad. Marilyn era aquella muchacha de belleza explosiva que había deslumbrado en una parada de autobús, ligera de cascos, sin familia y, lo más peligroso, sentimental. Sus personajes no tenían ataduras emocionales cuando no quedaba amor, a veces incluso cuando no era así, ni sociales, ya que nunca habían tenido una reputación que proteger o un hogar que mantener en pie. Pero acababan vendiéndose por un gesto de comprensión o una caricia con la mirada.

De aquel duelo involuntario de perdedores se deduce, nunca se confirmó, que Marilyn cayó prendida por el atractivo otoñal y la sonrisa entre cínica y tierna de Clark Gable, y ahí se resuelve el extraño y profundo magnetismo que desprenden las escenas que comparten. Es posible, de ser cierto, que ahí radicara la causa principal de la ruptura de su matrimonio[2]; la paciencia de Miller tenía unos límites. Pero también se afirma que el matrimonio ya había naufragado; los devaneos y las tendencias depresivas de Marilyn no mejoraban con esta relación que fue celebrada por la prensa, haciéndole poca justicia a Marilyn, como la unión del cerebro y el cuerpo, a esto habría que añadir un aborto que la llevó a un pasaje del agua sin retorno. Se rumorea que el hijo que esperaba no era de Arthur Miller sino de Yves Montand. Pero ni siquiera es seguro que hubiera estado embarazada. Esto es otra historia que la prensa menos rigurosa no ayuda a esclarecer; llega a hablar de que la actriz tuvo en su vida cuatro abortos, todos ellos involuntarios.

Miller desnudó el alma de su mujer y, aparentemente, acabó siendo indiscreto y cruel, tenía motivos sobrados para ambas cosas ya que había sufrido un castigo duro, excesivo incluso para un hombre abierto y liberal como él que pertrechado en su inteligencia sabía beber sin embriagarse los sorbos amargos del drama de la vida. A pesar de todo le acabó sirviendo en el aire el papel que ella siempre había buscado como a una Salomé inconstante, errática y sin ninguna concesión a la prudencia, eso sí cargada de buenas intenciones. Siempre se ha dicho que el pecado más grande de Marilyn era su incapacidad para mentir.

El resultado de “Vidas rebeldes” no acabó de satisfacer a la crítica aunque la considere un documento mítico y único por desvelarnos en primera plana el destino que esperaba a los protagonistas; Clark Gable parecía presagiar su cercano final, con la mirada introspectiva, la respiración profunda y el cansancio en su rostro. Marilyn estaba desquiciada por sus amores perdidos, por el alcohol y el Nembutal, y, para empeorarlo todo, cayó enferma. Montgomery Clift seguía hundido en su tormento y enredado en las drogas que lo arrojaban en el regazo de sus ansias autodestructivas, ya que no podía superar el terrible accidente que lo desfiguró y lo entregó al dolor, a lo que se añadía su sempiterno drama por no asumir su más que probable homosexualidad. La película tampoco contó con la mirada condescendiente del público que no supo apreciar en un primer momento que nunca la tristeza había desprendido, desde el gris, tanto resplandor, nunca había la belleza profanado con tanta sensualidad y telúrica morbidez los templos ruinosos y sombríos de la desesperanza. No fue, sin duda, el último western como dijo Arthur Miller, pero sí la última película para dos mitos y el crepúsculo prematuro y tortuoso para otro.
________________________________________
[1] Huston había recibido dinero adelantado para gastos de la película por parte de la productora y la cantidad que había gastado era superior a sus emolumentos.

[2] Hoy día se tiende a pensar que lo que Marilyn sintió por Clark Gable era algo parecido al complejo de Electra pero, extrañamente, sin implicaciones sexuales en su caso; el mítico actor sería el padre aventurero, soñador y cariñoso que siempre quiso tener. Por otra parte es más que probable que Arthur Miller ya hubiera arrojado la toalla antes de que empezara el rodaje, era demasiado duro afrontar el último idilio, que llegó a ser público, de la actriz con Yves Montand, además conoció a Inge Morath, una fotógrafa que, junto a otros muchos, hacía la cobertura de la película y, ante la evidencia del distanciamiento con Marilyn, intimó con ella. Se casarían poco tiempo después.
 
5

Cinco minutos

Porque todo el mar cabría en la belleza oscura de tus ojos
y aún así me quedaría con la luz de tu mirada.

*** *** *** *** ***

Cinco minutos de amor, un refugio en el recuerdo,
un alma que se emociona con las palabras sensibles
que apenas escucha
y deja descosidas en un cuaderno sin solapa.

Los caminos se estrechan entre la luz que se acorta
y difumina
y llamas al grillo del hogar que no tuviste
porque estás sola
como una muñeca perdida en un almacén
cuando terminan las rebajas,
como el silencio de los escaparates de la ciudad que duerme,
como la golondrina
que se enamora del invierno.

Pero esos momentos te llenan de vida,
resucitan a la niña que se perdió y se rebela
para que su madre adorne
su pelo con un jazmín adolescente.

Retomas el camino que nunca conociste
mientras lloras por la muerte de la tarde
y los árboles, a través de la ventana,
se convierten en sombras,
tu corazón en un silencio que agoniza,
tu sonrisa en un gemido que traspasa la noche
y muere en el alba.


6

Mi carta abierta

No dejaré mi carta abierta en las paredes de tu calle,
romperé tu fotografía reprochándome a mí mismo
haberte perdido en la maraña de tus anotaciones,
en la terquedad de tus reproches abiertos
como una espada que se esgrime en el aire que me llega.

Nadie sabrá que nos amamos en una noche fría
que se adueñó de la fragilidad de nuestros cuerpos
mientras los barcos pasaban indiferentes
y los vagabundos miraban las estrellas
sin saber que eras tú quien reinaba en ese puerto
y tu calor guiaba la zozobra de mis manos.

Tú que alumbraste mi vida, tú que llevabas
la tristeza del mundo en la sonrisa,
la amargura de los vientos del sur en la mirada,
tú que ya no sabes que me amaste en una noche fría.

7

Norma

No supimos desentrañar el sueño
de nuestra encrucijada;
sigo leyendo el poema de amor
que no recuerdo
aunque tú lo hayas olvidado.
(Brel en la Escuela de Comercio)

La verdad no tiene precio,
tiene valor la mentira.


*** *** ***

Cuando te conocí eras Norma,
marzo temblaba solo bajo la lluvia
y ya no quise apartarme del candor de tu paraguas.
Pero te fuiste
cuando arreciaba mi tormenta
entre los números vacíos
de las Puertas del Campo que aullaban.

Cuando regresaste, era 1955
y aún no habías nacido, te llamabas Marilyn,
el poniente azotaba con sus cristales derramados
el rostro taciturno de tu Pequeña Manhattan
y los árboles te miraban como si fueras una nube
que caprichosa se alejaba de mi devoción tardía,
empezó a gustarte el poema de la duda
cuando ya no podías recuperarlo
de la fiebre de mi garganta,
de la morgue de la indiferencia
cuando en sus bancos la gente hablaba
de testamentos y esparcía en el olvido
las cenizas de una lágrima.

El testimonio volvía a naufragar en La Ribera
cuando los vientos soplaban en los días tenebrosos
de un mar desangelado que castigaba las espigas
mientras los mendigos dejaban tu plegaria
en la memoria del Puente Cristo,
en la belleza de un médico que no tenía fronteras
y amaneció en la playa con amapolas en el pecho,
y los grajos aparecían de nuevo en los postes,
en las cancelas roñosas del Llano de las Damas.

No supe enviarte las flechas de papel con el deseo
que conservaba una conversación ambigua en tu semblante,
los portales de las caricias atravesadas,
el remite de los primeros juegos rendidos en el carmín
que dejaron tus besos en el aire,
y el verso quejumbroso
que aún nos habla de un amor atrapado
en la soledad que siempre siente el poeta
ante la modernidad retrógrada,
en la melancolía
de un tiempo añorado, confuso, desconocido...


8

Hay quien puede creer que aún cantas entre los muertos
esa canción que me ponía tan triste,
que sueñas en los escalones
del umbral de una casa sin muros ni recuerdos
inserta en un cartel publicitario,
que miras la profundidad de la baraja
donde yace la muerte teñida de imprudencia,
tu juventud atravesada por una pluma sin tintero
cuya esperanza se ha perdido,
tu sonrisa acorralada por un deseo de amor
que no despierta,
las hojas muertas llevadas por el viento,
tu vestido en la acera naufragando.
 
9

Marilyn Monroe en el Puente Cristo.
 
Marilyn Monroe en el Puente Cristo es un poema maldito para mí, para mi pequeña historia, cada vez que lo acometía me acordaba de Peckinpah, era incapaz de tirar a la papelera cualquier cosa que escribía, sin encontrar razones convincentes.

Articulé el poema a partir de lo que me dijo un compañero de francés cuando me habló del miedo que sintió cerca de la Plaza de África el día que murió John Kennedy. El hombre más poderoso de la tierra había sido asesinado de una manera burda pero efectiva. ¿Quién podría sentirse seguro a partir de entonces?

Yo era demasiado pequeño para saber siquiera que John Kennedy había vivido antes de morir. Quise estructurar un larguísimo poema sobre la soledad de un mito partiendo de la leyenda que se contaba entonces en los bazares del Paseo de las Palmeras, se decía que Marilyn Monroe, durante los meses que se veía a solas con el presidente, hizo una visita relámpago a Ceuta para intentar distraer la atención de la prensa sensacionalista y para aprender a cantar melancólicamente “El novio de la muerte” para incluirla en su repertorio.

De aquel proyecto solo han quedado fragmentos, estas dos estrofas eran su final, comprendo que a nadie le importe, pero a mí me impresionó aquella corista enamoradiza e irresponsable que esperaba que quitaran la nieve para coger la camioneta mientras era acosada por un cowboy impresentable que más que inocencia primaria transmitía una misoginia espeluznante y una inteligencia inexistente, servidumbres del guion; James Dean había muerto y, además no era alto ni fornido.
 
 
Después de haber tocado con la mano
la democracia de la nueva frontera,
abre su bolso y no busca el pintalabios
para impregnar sus besos en los escaparates
de los bazares
del Paseo de las Palmeras
donde se exhiben las conchas de los mares del sur
y los gatos se visten de azul cuando el viento
acaricia el norte de la bahía,
sino para dibujar en las paredes
el aullido recitado en las calles
cuando los derechos civiles no habían regresado
con los santos que se fueron de paseo,
para dejar su huella de carmín en las aguas
poco profundas del atracadero de las horas muertas
donde duermen los viejos marineros que no volverán
a cruzar el foso,
donde sueñan los niños desde las barandillas
cuando hacen robona y juegan a las cartas
con mujeres desnudas.

Yo sé que Marilyn se siente confundida en este puente,
como esa mirada triste y miope que escruta
las facturas dolorosas que siempre se pagan,
como esa voz sin destino que se ahoga en un vaso de ginebra,
como esas manos temblorosas
que ya no escriben poemas de amor y esperanza
entre las flores que huelen a silencio
cuando se depositan en una lápida sin nombre
sino anotaciones en las hojas
de la novela que Camus no pudo terminar mientras ella la leía.


10

En la niebla

Detrás de un cruel silencio se derrama tu voz
en un alegre canto hundido en la tristeza
y las caricias lloran,
no queda una palabra que pueda sostener
los sentimientos rotos, no queda una salida
que te muestre el amor en el cuaderno
dormido en el armario donde escribes.

Tu cabeza navega en una nube
que no tiene destino
y muere entre las flores
mientras pasan los barcos por los sueños,
por la tumba sin fecha
donde yace el vestigio de los cables
y un niño muestra un lienzo con tu nombre
a muñecas pintadas que no ríen ni mienten.

No queda una elegía para invocar las notas
que suben por tu falda
transida de emoción hasta tus sienes
y espacios que se rompen en barandas que gritan
los excesos que lloran tus caderas
entre los adoquines que cubren los recuerdos,
marchitan las portadas y nublan las revistas.

En tu martirio abrupto se sumergen los faros
que se mueven sin norte en las esquinas
de los mares oscuros de ginebra
temblando en el cristal que gime en una mano,
de unos labios pintados que marcan las paredes
y por turbios baúles procesionan
mientras los camisones se destiñen
en el viento constante que te llama en un vuelo
y se apaga sin rima en un estanque
ajado en el sendero de las coristas locas
que esconden la mirada en los pasillos,
y la luz no aparece con su extraña sonrisa
cincelando los huecos que tus párpados cierran.

Mientras se inclina el mundo en otras direcciones
que no tienden sus lazos, que nunca se detienen.

Un destello perdido en el celaje
te abandona y se aleja como un claro de espiga
cuando los versos rasgan los vestidos
y los cabellos hieren en la niebla
las ramas de los puentes que transitan
por los pulsos del aire
mientras los santos vuelven del paseo
que no tiene sentido
y un caballo de mar se ahoga en el asfalto.

El desconcierto sufres, con las pastillas sueñas,
vives en la amargura con el tono apagado
de quien perdió la senda
de una esperanza inquieta en raíles sin luna,
en vagas estaciones donde no espera nadie
y no tienen respuesta
como un nocturno antiguo que pregunta a los astros.

Una alfombra que funde tu figura y tus medias
te susurra lo cerca que se encuentra la muerte.

¡Ya no sé cuántas veces te busqué en el murmullo
del parque por la noche,
cantante callejera
del muelle humedecido, de la urbe solitaria,
ni cuántas evoqué dolido en el destierro
a Ginsberg recitando la deriva
de tus manos, la gracia
de tu rostro de ninfa enajenada,
tu aullido irreverente asaltando balcones,
tu cielo de sirena desvelando escaleras!

Miro ahora tu cuerpo,
tu ausencia, tus caídas en el cartel del muro
al que ya nadie escucha en estos días
embriagado en la niebla
de tu frágil farola de silencio,
en tu anhelo angustiado que no encontró una calle
en los escaparates que tejen el olvido
que cubría tus ojos abiertos a las sombras,
tus vestigios de cera cerrados al mañana.
 
11

A una cantante callejera

Ella creía que los poetas se dejaban
el alma en cada verso
cuando cantaban en la calle porque no había salida,
que la verdad vivía y brillaba entre todas las sombras
que no se dejan arrastrar por el olvido
de las horas perdidas en una agenda extraña,
que no había un solo puente que no fuera hermoso
a pesar de la muerte y el salto a los fracasos,
y tendía sus brazos de opalina
ante la soledad que se instala en el murmullo de las calles.

Ella no sabía mentir,
no podía decir no cuando le miraban las caderas
y el movimiento sin ritmo de sus pechos
en la incomunicación apasionada
de los espacios abiertos que oprimen con el aire
y no perdonan
a los corazones sensibles, a las almas generosas.


12

En la floresta


Sigo siendo ese río fundido con la piedra
cuando el amor me hiere y no puedo arrancarte.
(No hablaré de poesía)


Cuando llega la sombra a tu rostro de cera
tus manos se retraen torpes en el cuaderno
donde dejaste hundida
la mirada borrosa de un poema
que desconcierta el ritmo de los ramajes huecos
donde van los acordes
con la sonrisa oscura y pensativa
de la alcoba sin llave que yace en la floresta
donde tiembla la niña que llora en tu recuerdo.

La libertad enhebra sin saber las razones
el velo de una herida en tu mirada
con un himno que cierra la pluma de tu vuelo,
con banderas hundidas que devoran el mástil,
los lienzos, los perfiles y los acantilados
del pintor miserable
marcado por los labios que abren una gacela.

El amante que esboza tu olvido en una sábana
esparce los fragmentos sentidos de tu angustia
en el Bosque de Brent
con la risa y el sueño que no tuvieron rastro,
y un grito desgarrado que ya no tiene rima
que penetra en la brisa amarga de los puertos
cuando vuelven las barcas que nunca llegarán,
que plegaron las lonas que surcan el pasado
y el lazo de tu blusa que duerme en la escollera
de los puentes perdidos,
en la caricia blanca de los parques de ayer
donde yacen los lirios que llevaron tu nombre,
y cubren de carteles
las palabras que sufren el canto de las fuentes,
la inmensidad del mar que cabe en una lágrima.


13

Volveré a tocar tu cabello humedecido
como una tarde gris
y volveré
a encender una llama en nombre del recuerdo,
a despertar el sabor de la resaca en tus ojos,
en ese infierno de los escaparates, en el ruido
que ahoga la palabra profunda del poeta
que duerme en la calle con el gesto contrariado
porque las lilas nos devuelven a la vida
una tarde de agosto
y se yerguen
sobre el sueño reseco de Nembutal adoctrinado,
y la respiración de aquellos que te amamos se contiene.

¡Ay, de esa libertad que aprisionó tus alas.
esos labios de rojo carmín,
esos pechos caídos para siempre!
 
14
 
Marilyn Monroe nunca supo construir un hogar, quizás porque nunca lo tuvo. Sentía fascinación por los puentes como una metáfora de los lazos que unen, o deberían unir, las relaciones humanas. Siempre nos rendimos a aquello que nos falta, la última imagen de ella que nos llega nos la presenta como una poeta callejera que esparce su melancolía por las esquinas sin que nadie le preste oído excepto cuando se levanta del suelo y emergen sus caderas, más cerca de la sentimental sin rumbo de Vidas rebeldes que diseccionan John Huston como poeta impulsivo y Arthur Miller (por entonces su marido) con sus magistrales diálogos arrebatados del conocimiento que tenía de sus temores con una precisión rayana a la crueldad; enamoradiza y frágil porque ama todo lo que respira y no asimila que su galán de turno, un cansado Clark Gable, más atractivo que nunca en la profundidad con que miraba a la muerte, piense que para vivir, a veces, hay que matar, que de esa otra que pierde la cabeza embriagada por las cumbres y el poder porque piensa que es algo más que una conquista pasajera para John Kennedy; es difícil entender su cumpleaños feliz, produce escalofríos de reprobación en su interpretación más prosaica del sueño americano, pero puede propiciar una mirada redentora de nuestra parte saber que de niña nunca fue una princesa y, lo peor, no podía creerlo, era consciente de ello.
 
15


Mientras el carmín huía de tus labios.

La última vez que te vi tenías el cuerpo hinchado,
amoratado el rostro, el Nembutal
rebosaba por tu piel
mientras rezabas en silencio con las manos cruzadas
a un anhelante Dios que siempre fue,
para ti, un desconocido,
mientras el carmín huía de tus labios
y tu sonrisa
se apagaba en el Bosque de Brent cuando soñabas
con la Gran Manzana y su agonía aturdidora
entre los murmullos del río,
entre la angustia de los puertos con el resplandor errático
de las luces de neón que apagaban tu noche
y los oficinistas[ii]
en rebelión constante contra la mediocridad que deslumbraba
en el café de un bar tempranero
donde no se dejaba de hablar con pasión de poesía
y, para justificar el fatalismo de Larkin[iii] con la suya,
de la caída de un equipo y la coronación de su némesis[iv].

Entonces pensabas en los puentes
que ya nunca podrías cruzar
mientras los enterradores se preguntaban
sorprendidos, asustados,
cómo ese cuerpo indefenso y deformado
podía haber sido el objeto
de las más extravagantes fantasías,
de la culminación de la sensualidad
para quienes dejaron que sus sueños
durmieran en la calle
mientras expiraba el tormento de una estrella.

Ya no podías creer en la fragilidad
de un poema que rozaba las alas polvorientas
de la vida en un diario pálido y desordenado
en el que transitaban la soledad y el miedo
cada vez que anhelabas una caricia,
ni en la belleza efímera y díscola de la rosa
de los vientos que nunca quiso indicarte
la dirección adecuada para encontrar un camino.

Ya no podías creer en el amor
que se disfrazaba siempre de deseo,
en palabras hermosas llenas de espinas
ni en una orquídea roja que exaltaba la pasión
mientras llorabas por los cimarrones condenados
al olvido implacable de la nada en su inocencia salvaje
y, más bella que nunca,
resplandeciente en la oscuridad de tu tristeza,
cantabas para los muertos que vagaban
por las ciudades buscando una sonrisa.
Eras una corista ciega cuando cerrabas los ojos
con la mirada abierta,
una esperanza tierna y descarnada
de los espejos que recibían vida y reflejaban muerte.

No supiste adaptarte al ritmo de los astros,
y ahora, en las esquinas olvidadas
que saludan al Hudson desde la barandilla
donde se arrojan las flores
que alguna vez fueron resplandecientes,
trazas una raya negra
para indicar el día que te entregaba los secretos
de tu leyenda amortajada,
la verdad de la calle apenas esbozada
en el corazón de un mito demacrado.
¿Para qué necesitaba cariño y una sonrisa
de complicidad,
aunque no la comprendiera,
la mujer más deseada y envidiada de un tiempo[v]
que nos sigue encadenando?

Nadie recuerda que tuviste un nombre,
que detrás de la cantante callejera
que nunca dejaste de ser
había una mujer perdida en el maquillaje
y la sensualidad de un vestido mal ajustado
para que pregonara la fragancia
exuberante de tus medias y de tu vientre,
una esperanza muerta detrás de cada suspiro,
una sensibilidad que apenas pudo expresarse
y no se instaló en la memoria terrible
de las incomunicaciones con mallas mal definidas
que nos arrasan y nos impiden penetrar
en la ternura melancólica de tu canto.

Ahora quizás desees con fervor
que sea así para siempre
y recomponer bajo una vela trémula los palabras
de amor que no pudiste escribir,
las anotaciones sepultadas bajo el brillo de tu nombre
que no acabarán de despertar nunca.

Tú sabes, como Ford, con quien nunca llegaste a coincidir,
que no importa demasiado quien apretó el gatillo
sino el héroe que queda en pie con una pistola
humeante en la mano
mientras la bestia cae y nunca llega al suelo.


[i]Ya sé que los psiquiatras actuales me regañarán cuando diga que el Nembutal es el somnífero más popular, y ello a pesar de Marilyn.

[ii] C. C. Baxter puede ser un ejemplo de aquel que sueña con ascender en la compañía que trabaja para resultar atractivo a su amor platónico y no le preocupa en absoluto que los Celtics estén tejiendo los mimbres de su dictadura competitiva mientras los Knicks se pierden en su sempiterna indefinición atacante.

[iii] Philip Larkin: posiblemente el mejor poeta inglés del siglo XX. Dijo algo así: “Me gustaría que en los bares se hablara de mi poesía".

[iv] A nadie se le habrá escapado que me refiero a aquel año en que la Agrupación Deportiva y el O’Donnell jugaron en el mismo grupo de tercera división.

[v] Nosotros los de entonces ya no somos los mismos. (Pablo Neruda).

15

Una rubia tonta

Cuando volví a mirarla se había marchado, sé que tendré que morirme con esa tristeza, no era ella quien cantaba, era una rubia estúpida con unas caderas que valían un imperio y que leía en los descansos porque quería estar a la altura de sus amigos. Tuve que volver a escribir en mi diario frases de amor sin ningún sentido y acumular desesperaciones cotidianas para no perderme en la melancolía que había en aquellos ojos miopes, salir a la calle para darme cuenta de que no había traspasado una pantalla de esas que abrían nuestros ojos cuando los cines eran oscuros para hacernos soñar durante un rato sin despertarnos. Entonces Billy Wilder convertía en una obra maestra una historia inverosímil por la que todos estábamos dispuestos a dejarnos engañar. La escena en la que suena "I'm through with love" (algo así como "Paso del amor") es una de las más emotivas de la historia del cine, pero, por favor, no penséis en lo que está ocurriendo porque podéis romper el momento. No era Marilyn quien cantaba, sino una rubia tonta que pasaba por allí, la misma que fue sacada del bosque de Brent como si no fuera ella, un día de agosto, mientras florecían los recuerdos en el jardín.
(20 de noviembre de 2014)

Marilyn Monroe en el Puente Cristo (Fragmento)

¿Recuerdas tú,
niña de las sentencias y los abrazos,
cuando desde las nubes descendía
el glamour de su melena rubia,
y la certeza de que ya nada esperaba
del amor que sonreía,
su corazón se abandonaba
en Florida en un escenario en blanco y negro,
mientras la depresión acechaba en los estanques
y su alma rebelde había entrado en un río sin retorno?

Aún no habías nacido cuando la sacaron del bosque de Brent
como si se hubiera dormido para siempre
sin la redención de un beso robado
y, con los ojos cerrados, rezara una oración
por todos los tristes que vagan por el mundo,
desde entonces las estrellas se apagan un poco antes
y el reloj alarga su sombra para alcanzar sus latidos
en el azul oscuro de la noche
en esa isla tan sola por la que siente miedo.

 

martes, 21 de junio de 2022

Fotografías de Hydra

Siempre quise saber a quién miraba

la chica de la foto,

de quién lleva en las cejas un umbral de flores amarillas

y por dónde respira el fanal de su inocencia,

su candidez exacta.

(Vicente Martín)

 


1

El destino del poeta

 

Gracias, Leonard, por haberme dejado

escuchar el gemido disperso en tus tormentas,

por haber resistido en tu torre

de canción apasionada

mientras pasaban amantes y amigos,

y caían tantos sueños que se creían eternos,

por las horas que aliviaste el dolor de mi letargo

y lo mecías en el viento con una rara elegancia

que aún brota en el invierno de tus ansias de conquista,

en los campos sembrados de espinas y alambradas

del amor y el desengaño,

por haberme hecho olvidar tantas veces con tu verso

el destino inexorable del poeta.

 Desconozco la consideración literaria de Brassens o Brel en Francia o la de Bob Dylan y Leonard Cohen en la América anglosajona en estos días, solo el tiempo nos podrá decir donde estarán sus poemas cuando les quiten la música y tengan que danzar sin acompañamiento ni luces de candilejas.

Yo no podré verlo casi con toda seguridad porque estaré discutiendo con Plutón; la poesía ha sido expulsada a un lugar donde no existe la sonrisa, pero no me cabe la menor duda de que ellos estarán ahí en lo alto cuando transcurra el tiempo y se hable del nuestro porque no solo escribieron con una calidad arrolladora sino que supieron extraer muchas de las contradicciones intemporales del ser humano y las supieron encajar con emoción y acierto en la época que les tocó vivir.

Centrándonos en Cohen podemos observar que siempre se puso serio cuando trataba con la palabra y la música y el misterio de su combinación, que en la genial y escalofriante variación del "Pequeño vals vienés" de Lorca (Take this Waltz – Toma este waltz) tuvo un amago de depresión profunda, y es un poema maravilloso que merecía la pena que se intentara transmitir a los muchachos nuevos y, al menos en español, lleno de una intrínseca musicalidad. Hace ya mucho tiempo que descubrí que el arte no es entretenimiento, aunque lo pueda tener, y que la poesía tiene muchos caminos, que este poeta es imprescindible porque encontró el suyo mirándose hacia dentro como un pájaro que se arrastra en los cables, como un borracho sereno que ha olvidado su nombre en un tugurio portuario de una isla asustada que es la mía y llora su soledad en las noches de levante y de zozobra.

Si yo hubiera pensado un poco más probablemente no habría escrito ningún poema, me habría acordado de mi propia intrascendencia, me habría puesto melancólico acuciado por los años que llevaba esperando un momento como ése; estar a pocos metros de uno de los ídolos de mi lejana juventud y tocarlo con la mirada. Recuerdo que empecé este poema en el tren el día anterior al concierto. Simplemente quise reflejar mi asombro y mi agradecimiento ante el encuentro con uno de esos mitos que se mantienen a pesar de la inconsistencia afectiva de un período precipitado a devorar a los ídolos y sepultar su recuerdo, insistí en su poesía porque en ella encontré la esencia de un hombre que había vivido intensamente la verdad y la mentira, que llevaba continuamente puesto un sombrero gris para evitar que se le viera el cabello canoso y ya escaso.

Quedé sorprendido por la duración del concierto y por cómo se condujo sobre el escenario en algunas canciones, aún lo veo agradecido a un país que le transmitía hermosas vibraciones y tragedias; español era aquel artista callejero que le enseñó una nueva forma de abrazar la guitarra y el poeta que le había obsesionado hasta el punto de ponerle a su hija como nombre su apellido. No podré nunca olvidar que se arrodillara al cantar “Hallelujah”, allí, con setenta y ocho años y un pasado que no podría abandonar nunca aunque lo había intentado, aunque tuvo que volver a la carretera y los estudios arruinado por su representante, consejera y, quizás, amante.
Volvió a recordar un repertorio cuyas mejores piezas tenían mucho tiempo, era una suerte inmensa que fuera así, que rindiera un amplio tributo a sus primeros escarceos en el mundo de la música, creo que intuía con la sabiduría otorgada por una vejez esplendorosa que sus mejores versos serían recitados cuando hablaran de este tiempo confuso entre la revolución marchita de las flores y la Guerra del Vietnam, de este mundo arbitrario que se arrastra entre las cenizas de un pensamiento angustiado por la hipocresía que se muestra ante los diferentes conflictos y regímenes políticos.

Aunque no cantó mi canción favorita; "Uno de nosotros no puede estar equivocado", ésta no dejó de sonar para mí en las casi cuatro horas que duró el concierto. Sí, también yo torturé el vestido que ella llevaba por el mundo para olvidar, no hizo falta que la cantara para que yo sintiera como sería ese momento, no me importa que casi todos la hayan olvidado, mi corazón me dice que es una obra maestra incuestionable.

 

2

Fotografías de Hydra

I

Regresé de la muerte para hablarle a la soledad

y sentir en tu desierto

el miedo y el aullido de un profeta olvidado,

para hundirme en las islas abandonadas

que emergían

entre los edificios exangües y ruinosos

de una ciudad antigua que no podía abrazarme

sin las sábanas húmedas

que mecieron nuestros cuerpos

ni creer en la esperanza de los santos amortajados.

Escribí palabras de amor en el corazón del puente

que no quería llevar tu nombre

y no esperaba a nadie entre la gente solitaria

que pasa por la calle

y no encuentra calor ni fuerza en el camino.

Sufrí en los lugares que tuvieron nuestra risa

por el desapego que sentiste

de tu propia imagen en el cuarto de mi desvelo,

por las ideas

que ya no cultivabas en el jardín

erigido por las ramas de mi fragilidad y mis temores,

por la memoria de la niña que jugaba

entre las notas de una canción perdida en el olvido

y un corazón roto y desesperado.

II

Ya no conoces el rumor del viento

en el alma fugaz de los jazmines,

la sangre clara y nueva que brota en los veneros,

ya no miras las nubes que se escapan

mientras la tarde oscura

se pliega en el silencio de tu rostro

y esa niña en grisalla con lazos en el pelo

siente con amargura mi derrota anunciada,

sufre la soledad del hombre ante la muerte,

solloza en los relojes

por la eterna crueldad del tiempo con Saturno;

ya no escribe mi nombre en el camino

devastado en los bordes de tu huella

y en su candor

no vuelve a las sandalias profundas de tu canto,

a la sonrisa tierna que llora entre los sauces.

III

Estás ahí, en ese trozo de papel borrado

que ya no habla de cambios

y de justicia

en los tugurios donde la bruma se detiene,

estás en mis brazos cuando sueñas

con el deseo de amarte por encima de las hojas

y de la muerte

cuando respiras en mis labios,

estás con mi sombrero azul de fieltro en mis rodillas,

caminas por el nácar de un negativo oscuro

como la nube de polvo que mecía

cada mañana tu almohada con mis manos

y el vestigio de una plegaria perseguida

por la virgen sin luz

de la capilla cerrada

que con la sangre perdía el clavel del Mentidero.

IV

El poema manchado de tu silla

y el vino de la noche

descienden a tu rostro de sirena exiliada

por el vuelo nervioso de una alondra

que no pliega las alas y emprende otro camino,

como un hueco en el salón

que golpea en las ramas de una puerta

porosa, ebria, torpe, atormentada

como la juventud que no fue nuestra

y llora

cada vez que me asomo a la veranda de tus labios,

al amargor de los helechos

de un niño ciego amortajado por el amor

que no supo quererme cuando llegó la noche larga.

 

3

 

La nueva revolución 


  El amor nunca llega cuando hierve mi cuerpo

y no veo tu rostro en la sección de cultura 

de una revista apagada en el quiosco de la esquina

y no puedo pedirte 

que actúes cuando te siento 

en la vitrina perseguida por la lluvia de agosto,

en la memoria errante de una rosa tatuada

que no quiso esperarte en el balcón,

que traigas a mis pasos las calles perdidas del recuerdo,

la nube ensoñadora que envolvía tu barrio,

que liberes a los guionistas que yacen en el sótano

de todas las represiones,

que muestres orgullosa la huella

de lo que nunca he sido 

en el laberinto irresistible de tu piel,

que abras la revolución que aún espera al hombre

por quién nadie pregunta en la oficina

y el corazón que no creía en la muerte de los ángeles

pero pensaba en ti cada vez que llegaba

la oscuridad del silencio a su latido,

la angustia de un viernes quebrantado en el tormento

de un profeta vencido y postergado

que no volvió nunca a caminar sobre las aguas.

 

4


Playa de la Almadraba



He prendido una herida que recuerda tu nombre en la playa,

bajado a las arenas y oído el rumor del muro

en la rendija donde anidan los aviones

y el clamor de tu paso alborota el agua

que golpea en los riscos limosos

y penetra en el muelle que solo conserva una hilada

tortuosa que muestra

la fragilidad de los costados invadidos

por la memoria acordonada que nunca llega a la orilla.


Vuelvo a un poema esparcido en la arena

que llega de otro tiempo

como una promesa que no ha perdido el aliento

de la procesión callada y dolorosa

que incrusta los claveles en los regueros de tu alma,

al campanario que se olvidó del vuelo y se arrodilla,

al Vía Crucis

que impregnaba de dolor los derrumbes en el camino

y arrancaba la espina de cada pensamiento del arroyo

cuando vivir era un pecado,

un cilicio sujeto a la ceniza posada en tu frente,

el estigma de un amor que nunca abandonó

las pulsaciones nerviosas de tu pecho

ni el bálsamo de luz que me turbaba en tu mirada.

 

5

Pétalos escritos



La noche se sumerge en las luces que se ahogan en el agua,

apenas una palabra me acerca al amor

profundo que me diste

y que camina entre el miedo y los rescoldos

que marcan la travesía imponente de la Piedra del Pineo.



Quiero volver al mundo de tus manos temblorosas

y escribir sobre tu falda

pétalos sentidos en la densidad del humo

que se hunde en la techumbre de caña de los bares

y rodea los candiles de los huecos

que se apagan en la orilla donde agoniza la espuma.



Era todo más cálido bajo la sombra de tus alas,

más abierta la vida en el corazón de la calle

que llenaste de caricias, miradas y canciones

mientras las gaviotas graznaban su rabia entre las olas

y el muelle nos acogía encadenados

a una farola que luchaba con su grito de luz adormecida

contra el llanto de la luna que viajaba entre la niebla

 

6



Elegía urbana

 

A Luigi Tenco (Plegaria en enero)



... en mis brazos estás cuando duermes,

en el deseo de amarte por encima de las parras,

del muro encalado y de la muerte,

cuando respiras en mis labios,

en mi sombrero, en el olvido de mi camisa.

(Francisco Enrique León - Fotografía)



La ciudad se ha ido alejando de la que conocimos,

las calles no parecen tener el mismo color,

las mismas camisas ofrecidas al viento,

apenas quedan vidrieras en las que reflejar nuestras emociones

y nuestra añoranza de lo que nunca ocurrió,

caminamos entre las cenizas de un pensamiento

que no llegamos nunca a poseer,

entre árboles extraños que perdieron sus raíces

y ya no distinguen

las sombras de los geranios blancos

que reman lentas en la mirada del crepúsculo

de los estantes que arañan el antiguo resplandor

de la huella de Camus sobre los adoquines

plegada en el papel que nunca llegué a enviarte.



Unos besos atravesados que se ocultan en las ramas

de las arterias caídas que sufren las direcciones de los puentes

me recuerdan

que los amantes que fuimos se fueron a buscar otra espesura

cuya penetrante melancolía

se derrama en la urna oscura de los himnos elegíacos

que no encuentran unos labios para que vuelvan

a ser besados en la túnica abierta

de los paseos cenicientos que los sauces aroman,

para que puedan entonar en el pasado una palabra de amor

que ahogue un largo poema de resentimiento

en la tarde más triste adonde huía el invierno más cruel.

 

7


Fotografía de púgil pensativo 

 

Te amo y te odio al mismo tiempo.

Me preguntarás cómo puede ser así.

No lo sé.
Pero es lo que siento,
lo que me crucifica.

(Catulo - Variación: F.E. León)


I

No guardaste el libro de latín con tu firma en la solapa,
con mi nombre perfilado
en los trapos rojizos de la muñeca polvorienta
que dejaste arrumbada en la sangre perdida
del bosque de los miedos.

Entonces sonreías, a ese soldado desarmado
que no supo amarte, a pesar de que el Leteo
había desembocado para siempre
en los ateridos labios del puerto de Isla Verde.

Después llegaron los días cenicientos
del marasmo
mientras mi sonrisa fracasaba en las ruedas obstruidas
de un vagón empeñado en destrozar los carriles
de la ineludible y asertiva ruta que se hunde
en la oscuridad del tren de los acasos.

II

Ya no asoma en tus mejillas la hora de los besos irreflexivos
ni te embarga la muerte
del pajarillo tierno que volaba dichoso a tu regazo
mientras yacía en las brumas de las reminiscencias
un tembloroso y solitario corazón
con un soplo venerado que resistía en la esquina
la agresividad de los segundos
esperando que los golpes se olvidaran de su rostro
y tus lúbricas plegarias,
implorando que sonara, entre las cuerdas,
el ansiado crepúsculo del último combate,
el halo redentor de una campana compasiva
que detuviera el sufrimiento
de un amor extinguido junto a los Baños árabes,
la levedad de un siglo de martirio prorrogado
por el silencio de la catedral cuando se marchaban los muertos
y volvía la sombra de la humedad a los estancos
que vendían las caricias
convertidas en telúrico humo de alquitrán en la mañana
movida en la resaca ahogada por el Levante,
en himnos sagrados forjados a golpe de uniformes laicos
y toques militantes de nostálgicas cornetas.

III

Derribaron el ring en cuyo nítido centro
danzábamos como niños entre las vides
con un juego de piernas grácil y despreocupado
que esquivaba la caída de los sueños,
de la elegancia y la ternura
cuando no podía la vida sepultarnos en su tristeza,
cuando arrojábamos la herida desde el rincón
de los triunfos dolorosos, abrasivos y amargos
que caminan en el óbito del verdor y no se olvidan.

IV

Las estatuas de mármol han perdido su placa
y no saben a qué dios invocar
para calentar las balaustradas agrietadas
que resisten el abrazo inclinado al desencuentro
de los mares antiguos en el Paseo de la Marina,
para detener la imagen surgida de una copia rutinaria
que agrede el dramatismo patético, sangrante y obnubilado
que se entrega,
como el sauce de las hojas que amabas,
a la noche y al dolor
como una hetaira que no encuentra la frescura de su rostro
la firmeza de sus senos,
el hechizo de su voz
y frustrada por el tiempo castiga enritada
la soledad de un eterno perdedor hundido en su pensamiento
y la agonía
de unos ojos hinchados
que no pueden ver la oscuridad de los soles en la niebla.

  8

No me hagas hablar de Anyera con la boca cerrada. Has hecho con tu amor irreflexivo de bolero que de  mi silencio surjan palabras, de mi alegría tu tristeza.

(Conversaciones con Laura - A los demagogos - 2019)

Hydra es un sueño,
un pájaro abierto en la mañana
que no conoce nombres, ni sirenas,
que no hunde los puñales
ni siquiera en las serpientes que conducen a los patios.

Retardo sin conciencia la civilización de los sentidos
porque vuelvo a sentir aquella sed de ti en los embarcaderos
eres una isla y yo el peregrino que camina en tu sangre,
llego a tus guirnaldas con el polvo del último vencido,
con la llamarada
de aquellos atenienses caídos por ninguna gloria
que zozobraron en Sicilia
con Anacreonte del amor en el recuerdo
allí viajan todas las soledades deshilachadas
del alma de la gloria, las sandalias del profeta,
los deseos que encallaron en tu playa
cuando me dijiste que tu nave había partido
y encendí las velas negras por un amor apagado.
  9
Recuerdos de Barcelona

I

Estuvimos tanto tiempo juntos
que hasta llegamos a amarnos
en el crepúsculo de los dioses que morían
porque sufríamos
la estulticia faraónica de los viejos gobiernos,
las cadenas libertarias de las nuevas revoluciones.

He comprendido que no puedo engañarte,
que cuando te miento
sobre los himnos y consignas de nuestra juventud
el amor se derrumba
en el infierno de las explicaciones,
en las palabras gloriosas que no tienen sentido
cuando se funden en un beso sin recuerdos ni labios,
en unos brazos cuya esperanza se pierde
en una calle de sombras con farolas apagadas,
en una barca que no llega a la orilla de los templos,
a los estigmas candentes de los mártires postergados.

Estuvimos tanto tiempo juntos
que comprendo que tenga tu cuerpo bendecido
aunque no estés a mi lado,
que sea tu herida la sangre de mis venas,
las llagas de mis manos, las uñas de mi derrota.

II

Y ahora, solo, triste, sin amor
voy del puerto hacia la niebla.
(En el Poblado Marinero)

Me humillas como si de repente
te acordaras de que no soy el amigo
infatigable del viento que declina
y murió en tus brazos y te llamaba,
como si hubieras enterrado en un deseo
una orquídea marchita
y el sueño del poeta que adoraste en la alborada
arrinconado en una esquina,
como si ondearas tu lúbrica bandera
diciendo que no puedo acariciar
su aliento y sus mejillas
cuando despliega su emoción en ráfagas abiertas
y llega a tu recuerdo
y te ilumina,
como si me mintieras cada vez
que me dices te quiero
y me llevaras como una carga de soledad y espinas
que virtiera la sangre derramada
entonando la oda fugitiva
que nació entre tus manos y se perdió en el mástil
y ya no puede ser mía
sino para la boca
que navega en tu tristeza y gobierna los adentros
de una copa derramada y coercitiva.

III

Que me acoja el dolor
humano de los vivos,
que me lleve la suave
tristeza de los muertos.
(El fajador)

Ni siquiera alguien como yo
podrá salir indemne del dolor que me causas,
cayeron otras torres sobre la soledad
del Metro por la noche,
otros muros acogieron el amor que te daba
y guardan tu recuerdo como una flor que siente
en el papel que tiembla y arrasa mi candor.

Cambiaron los espejos del mar que nos miraba
y el aire no es azul
entre el himno de los coches
y el rumor del tabaco en labios juveniles
que nunca aprendieron
a creer en el ayer y no creen en el mañana.

Y supe encajar los golpes en el ring de la vida,
refugiarme en tu rostro
ante la incomprensión del mundo enrevesado
de las rosas de plástico y las canciones fingidas
que atravesaban calles sin melodía y sin voz.

Ni siquiera yo, que fui el aroma
de la resistencia de los perdidos sin causa,
que sostuve en la deriva
el alma del perdedor que no sabe rendirse
e insiste en evocar cada derrota,
que atravesé el desierto de tu indiferencia,
la cruz de aquellos ojos que suben el Calvario
y no pueden rezar con palabras que niegan
un pasado festivo que marchitó tu mano,
las garras de tu olvido para volver a amarme,
podré alzar los brazos
ante esa serpiente sonriente que me muerde en el rostro
alentada por el veneno de tu rencor,
por el sabor lejano de la fruta que mordiste en secreto.

Terminó todo, después vendrá la noche
a despejar las sombras de los claros,
a enamorarse de la tristeza de los días dichosos.

10

Nueva elegía urbana

No sé si volveré desde esta tristeza
a mirar los lugares que frecuentabas por la tarde,
si podré escribir sobre la imagen de tu vuelo
ahora que no la reconozco
en las mismas mareas que remontamos,
ahora que estoy perdido en una nube que no sueña
como un espejo roto que se ha quedado sin luna,
como una mirada que no puede ver la aurora por el llanto,
un candelabro sin luz en un pasillo sin ventanas.

Porque la ciudad se ha ido alejando de nuestros pasos
las calles ya no tienen la misma dirección
que tuviera la alegría
y el viento parece soplar siempre del Este
con el ritmo espeso y anodino de los poemas mutilados
entre la sombra entrecortada
de una carta de amor que no encuentra
sentimiento en el remite y un corazón de papel
con su ruido de cristal entre los cortes de la tierra.

Caminamos por aceras
que ya no levantan la voz de una memoria
entre los pétalos de los claveles consumidos en las rejas del pasado,
entre veleros que buscan la sangre
renovada y esparcida en los rumores de otros atracaderos.

Unos versos caídos en el alma de la noche
me recuerdan la soledad del mundo cuando no estás,
la tristeza de una sonrisa que no encuentra tus labios.
 

11

Calles de Hydra 


I

 

La eternidad del amor dura lo que un recuerdo

cuando todo se ha perdido,

cuando agonizan las calles atormentadas de Hydra

y se apagan las farolas

porque se levantan los postes con la lentitud del abandono

y no hay sueño que anide en los cables

o se arrastre por la tierra que sigue esperando

su pavimento, su manto y sus aceras.

 

Una canción permanece

mientras haya alguien que quiera escucharla,

un salmo si lo escribe un refugiado

en unos labios que mantengan la ruptura

de su promesa o un templo con tus mórbidas columnas

que haya querido ser profanado con toda su alma

y se sostiene

en la luz crepuscular de los embarcaderos

mientras se derrumba para acariciar

sus ruinas en la oscura colina por la que nunca caminaron los dioses.

 

II

 

Aquí estoy, yendo de las flores al silencio

capturado por el instante de una fotografía

que olvidó, al revelarse, que tú no estabas

en las ramas de la inconsciencia advertida,

sin saber descender al suelo de tu enigma telúrico

que aún juega con la golondrina que se adentró

en el cielo oculto por la niebla

que derramaste en el último tugurio del puerto

donde soñaba una guitarra

mientras la vida se detenía para escucharte

y contemplar las sienes de tu olvido.

 

Aquí estoy con un lápiz y un sombrero,

esperando que llegue la magia al papel

desierto, sin espejo ni destino,

navegando en la resaca que me dejó la marca

permanente de tu piel en los pasillos,

edificando un sentido rítmico con acordes que pasaron

por mis manos y mi mirada

y no pudimos pronunciarlos cuando cantaste

el himno que atenuaba nuestra culpa

por haber dado la espalda a los edificios

que alentaban el aullido que había salido a la calle

y llevaban escrito en sus paredes

la rabia de haber dejado escapar los poemas

perdidos en las manifestaciones 

hondas y compulsivas que arrastran la tristeza.

 

III

 

Soy yo quien enciende un cigarrillo

en una habitación cerrada para pergeñar en el humo

el primer sentimiento que desencadena en un poema sin luz

que termina en tus brazos para desterrar el miedo,

quien transita ansioso por los caminos abiertos

en el desfiladero de una memoria adolescente,

quien no podrá sentir nunca más la tristeza de tus ojos

de levante altivo y contagioso

mientras te refugias en los espigones de los besos

para que no sea borrado tu nombre de las piedras

por la lucha del tiempo con la mar.

 

Soy quien sobrevuela la belleza resplandeciente de tu rostro

cuando amanece confuso y maquillado

en la cabecera de la cama que algunas noches

y tantas mañanas se adueñó de nuestros cuerpos,

quien huye del amor

porque desea sentirlo siempre

como si acabáramos de conocernos

cada vez que nos miramos,

y nunca hubiera escuchado el latido nervioso

y penetrante de tu pecho, la libertad gritando en tus entrañas,

ahora que ya no sientes resquemor

por las cartas que nunca me escribiste,

que dejo que se apague mi desesperación

en las serpientes de tierra que recorríamos

entre el licor, los candelabros y el rumor

de los embarcaderos que aún lloran

sobre las palabras que sostenían tu camisa

y perseguían tu huella,

que ya no saben en qué cajón guardé la cinta de tu pelo,

el candor de tu vestido de los viernes,

que vagan por la orilla de la ensenada

que se pierde dos veces al día

atravesada por la voracidad de la canción de las mareas,

que ya no saben

cómo era tu acento ni pronuncian 

en tu mirada el nombre de la isla,

ni la ternura de la tarde en que nos encontramos

y tú te habías entregado a la amargura de una lágrima.

12

Nunca supimos cómo dejarlo

 

 Unos versos caídos en el cielo de la noche
me recuerdan la soledad del mundo cuando no estás,
la tristeza de una sonrisa que no puede desplegarse
cuando no encuentra el camino de tus labios.

(Elegía urbana)


No volveré a ser aquel que te esperaba
en el sol declinante de los embarcaderos
con la gracia de los dioses en la frente
con la esperanza atada a tu cintura,
seguiré otro camino entre los matorrales
y las ansias de vivir
en las arterias lentas de una isla
que avanzaba en la memoria de los mitos
con el reloj de sombra aletargado.

No somos los primeros
que se dijeron adiós mientras se amaban,
que plegaron las velas
sin esperar que llegaran los vientos favorables,
que invocaron el infierno durante los días dichosos
mientras fundían las risas con las lágrimas.
Nuestros besos no son los únicos
que se borraron
en las mejillas caprichosas del alma de los tiempos,
en el polvo del interior de las Siete Colinas
que perdieron el camino en el vientre del agua.

Pero nuestro dolor de espinas atravesadas
no conoce a los mártires
que desgarraron sus huellas en el altar de los verdugos;
volveremos a sonreír
cuando el ocaso ascienda en la remembranza de la muerte.

El amor que ilumina, a veces encadena
y hace que te sientas
un faro apagado en la distancia
cuando llega el silencio a tu rostro afligido
y te enfrentas al dolor cinerario de la urna
de Keats arrebatada en la tormenta de la calma.

No somos los únicos que pecaron por amor,
que enfilaron su barca contra las escolleras
de los versos enmarañados,
que escribieron sus promesas en la puerta de la playa
mientras subía la marea del deseo de los perdidos.

No somos el paradigma del peregrino ciego
que murió en la vereda
y siguió caminando,
voy hacia aquel vestido rasgado en una fiesta taciturna,
hacia el clavel de cenizas que tuviste en la boca
como un recuerdo que no encuentra su rostro,
que ha olvidado su nombre
en una cuesta abrupta
que no puede subir entre los cables y los pájaros
aunque se acuerde de tu olvido
y llore en la noche profunda del fulgor en tu mirada.

13

Los amantes desconocidos

Quiero llevarte el amor que queda
en una ciudad abandonada
y erigir una canción en los labios del viento
que recuerde una caricia sobre un muro derruido
con la presencia de un nombre que nunca supe escribir
y que nunca sabré borrar.



Cuando llegue el corazón perdido de la noche
te preguntaré
si queda un beso para que te recuerde,
para saber cómo llamarte
cuando la escena haya concluido
en la oscuridad profunda que se anuda
a los árboles torcidos de las aceras
mientras tiembla en los pasajes el alma de los pájaros
que perdieron las notas, la caricia, los refugios
y las sombras celestes de los vuelos de ayer.

Te abrazaré en las herrumbres de las calles ruinosas
para llevarte el amor que encuentre
en una ciudad torpe y abandonada,
para abrir una cortina que deje tu mensaje
en una enredadera
que lleve una caricia sobre el muro enternecido
por un canto angustiado
que se arrastre en el suelo desierto de una hoja caída
en la que nunca me dejaste la dirección de tu voz y tus poemas.

He arrancado palabras en las esquinas del silencio para buscarte,
he clavado un lamento sobre un recuerdo derruido para tenerte,
una rosa en la ventana donde la luz se quiebra
ante las cruces quejumbrosas,
ante la soledad de las alas
que no encontraron en los labios la quietud de la brisa.

14

Nocturno en la escollera

 

Me dejó solo con mi triunfo y su muerte.
(José Emilio Pacheco)
 
El ayer que proyecta su sombra en el futuro
empaña las vidrieras
y destroza los labios yertos sobre las algas
que anhelan que regresen
los amores perdidos en nuestras tempestades,
los besos que cayeron en los labios cerrados
de los viejos fantasmas que lloran en la esquina.
 
I

En las imágenes que se cubren ante mis ojos,
en los recovecos de la brisa que no tengo
y nunca se ha perdido,
en el camino sinuoso donde dejaste la lluvia y hundiste los deseos
mi amor se desespera
como un caballo que gime en la cuchara de madera que lo arrastra
a la soledad de la neblina que no quiere saber de las sombras que te escribo
en los arbustos que resisten en el desierto
y funden en una lágrima
el discurso sin voz de las antorchas
cuando aparecen las cadenas perversas de algodón
sobre el paisaje roto, hueco y acordonado
que contagia el gris a los ojos que sufren en los párpados de las arenas.

II

Busco ese algo que perdí y nunca tuve,
una canción que me llegó adentro navegando
en el flujo de las venas
de una memoria ausente, apartada y deprimida,
busco la poesía que los dioses me entregaron
y no pude atravesar
en el desván sin puertas de un vestigio inerte, seco y amortajado
para dejar que mi barca se hunda en la melancolía de las sirenas
que perdieron las ansias viajeras de tu canto
y me alejo del hombre que cruzaba la avenida con la luz en el costado,
en las vetas azules de la sangre derramada sobre las azucenas
que levantaste con el perfil de tu mano y un pañuelo afligido
en los hilos sedientos de caricias de tu jersey de plumas apenado.

III

Tu corazón un sueño sin latido,
mi alma la ilusión de una quimera,
por la cuesta del Gallo van penando como una lumbre oscura
que alienta la mirada del sol entre las nubes
con la nostalgia ardiente que se adueñó de los roces peregrinos de tu gesto,
con la alondra que sufre la muerte del mañana
y muestra en la tristeza mórbida de su vuelo
la gracia de una sonrisa que sufre en la cadencia de los brazos
que imprimieron la arcilla de tu huella en el destierro del mar de mi alegría.

Ahora tiemblo como un romance abortado en la alborada,
como si no volviera la risa a los hondos veneros de tu boca,
como si las antenas, el mundo, los milagros,
la noche y las revistas
cubrieran mi cintura y no quisieran verme,
y los pájaros aullaran encadenados a los espinos
que rasgaron tu falda plisada en la amargura sentida
de la frontera imprecisa entre tu voz, mi alma y tu silencio.
 
IV

Aquí, donde rompo las canciones que mostramos en las esquinas
y solo queda un grito que empaña las paredes 
con un resplandor de tierra,
sufro como un pastor que no eligió su paso y no encuentra sus montes,
como un árbol que llora en los bordes del camino.

Te veré alguna vez cuando la golondrina ahogue su amargura en el polvo
de un salón mortecino agazapado en la oscuridad de una lira,
cuando la alambrada se abra a una bandera que represente a los perdidos,
cuando no hayas muerto
en la misma manzana que muerde
las llamas del Paraíso,
la piedra helada que arde en las entrañas del Infierno.

V

Aún espero que vuelva tu nombre entre la yedra
de la casa encalada,
tu corazón al puerto que moría con los mitos
de tu imagen transida
sobre la carretera de las calas dolientes,
de tu sombra en los labios que aguardan la palabra
que sigue en el recuerdo como si fuera tuya
y siempre inundará las garras del olvido.

VI

Hay una estatua de cera en el patio que aún te espera
en la cortina transparente de luz al mediodía,
hay un libro caído donde se yergue un sueño interminable,
un ciprés con un recuerdo en sus raíces enredado,
un cuarto oscuro donde asusta la nada y la muerte
se adueña de mi rostro
cuando te alejas de mí y no miras la cuerda
que se ha roto y me desgarra la frente y la garganta.
 
15
 
El rumor del puerto
 
 
Quizás vuelva algún día a pasear
mi desesperación por este puerto,
y derrame el licor en vestidos de fiestas,
y busque un qué sé yo entre sombras que hablen,
y recuerde el amor que alguna vez me diste
 
 
Estuve en la oscuridad mucho tiempo,
no puedes pedirme ahora que me asome a tu mirada
y salga a las calles
con una rosa blanca en la mano de tu espejo,
que desee volver a la niebla
luminosa de tus mares,
a las velas encendidas de un naufragio anunciado.

Salgamos por la noche; busquemos lo perdido
en el rumor del puerto,
en la soledad de la taberna cuando la música se apaga,
pensemos en la espuma que azotaba la escollera
cuando me amaste sin saberlo
ese agosto que encallaron tus encantos
en la cálida lujuria de mi alma atormentada.

La voz de las farolas ya no podrá dañarme,
desvelaré que tuve el resplandor
de tu vestido ardiente en una esquina,
el silencio de tu piel mortificando mis labios
cuando podía mirarte en el zaguán de los deseos
con la esperanza firme
de que tus pensamientos me buscaran
y las nubes me llevaran al encaje caído de tus medias.

Ahora vuelven los vientos al llano escarpado
que emite tu latido más denso y entrañable,
a la verbena desgajada de tu barrio
que recoge el pergamino
de tu mensaje ahogado por las olas y las lágrimas
en los acantilados donde el mar busca la muerte.

Y no encuentro la cruz de tus brazos en el camino,
no se ha tejido un manto de recuerdos
para entregarte las manos que acariciaron tus copas,
para cubrir la capilla desangrada de tu culto.
 
16
 
Sombras de la Bahía Sur
 
I
 
A Pascual López, por su Humanismo sincero y su bonhomía.
 
"...hablarle a las nubes
es abrir un balcón donde se escucha el silencio de los pájaros."
(Vicente Martín - La Chica de la foto (II))


Es triste que no vuelvas a mover el destello
tibio de la colina en tus brazos que guardan
la voz apasionada
que muere entre los álamos heridos
camino de la Huerta cada día
y el cálido capricho de unas manos desiertas
en tu camisa clara entre los pensamientos
que arrastra la miseria del arroyo
aventando las ramas profundas del azul,
la palabra que sufren los labios de los vientos,
la humildad entrañable de la higuera
donde juegan sonriendo los niños que perdimos.

Es triste que no vuelvas con tu sonrisa amplia
a dejarnos la imagen
cansada y fugitiva de la muchacha oscura
que ahoga la verdad, la fuerza y los sentidos
del forzado que nunca tuvo alas
y vuelve a sus caídas relatando la crónica
nocturna del amor cada mañana
abrupta como un paso que lo espera
en un Estrecho extraño que vierte su amargura
al Poniente que acecha a la alegría
cuando la tarde muere entre las rampas,
palidece y no llega a la orilla del templo
mientras muge en el Hacho la sirena
en el taró de agosto que se arrastra en diciembre
cuando las niñas penan la copla del naufragio
que gime en sus entrañas
y mustia volotea en la puerta entreabierta
que empuja Punta Almina hacia los duelos
en las ruinas del faro, en la voz de la muerte
que se adentra en los ojos vacíos de la sombra.

II

Lloraba el niño del velero y se quebraban los corazones
angustiados por el testigo y la vigilia de todas las cosas
y porque todavía en el suelo celeste de negras huellas
gritaban nombres oscuros, salivas y radios de níquel.
(Lorca – Paisaje de la multitud que orina)


Pienso que esa muchacha del alba que no llega
llevará entreabierta en el regazo
la sábana de un mártir
que no supo morir entre los muertos
y vuelve a su dolor en sus pupilas,
el grito de una hoguera que rompe los vestigios
de la luz de los presos torturados
que aparecen llorando en la voz de la Luna,
el drama del atún que tiembla en la bodega
y tiene el mismo nombre de un torpe marinero
y colgada en el mástil
la misma dirección que lo delata
y siente Europa cerca, amarga y sumergida,
y la turbia marea se mueve en el arroyo,
en la Laja inundada
por la nube y los sueños de un poeta
que busca las palabras de amor en las orillas
y encumbra la añoranza de un ósculo en los charcos,
en la arena desierta
con un decir de ritmo alargado que hiere
y atraviesa la huella que mora en una rada
y muere en la memoria
del almacén de redes que aprendió otro rezo
que prende y no ilumina,
y la sonrisa estrecha
que añora su pasado en la fuente callada
y no puede alentar un barrio moribundo
arrastrado en la alcoba de los niños
mientras las barcas buscan del monte la bandera
que no tiene color,
que agita en los periódicos los látigos del mundo,
y un cementerio blanco por la rabia azotado,
por la yerba, la cal y la injusticia
que ahoga en el misterio del cante su quejío
en las velas que sufren su olvido en la Fragua
del dios de los gitanos que proclama en los brazos
de la noche su agonía y vaga en el destierro,
la angustia del viajante
que no halla la puerta de los lazos que puedan
amarrar las soledades
en los signos borrados por la senda del agua,
en el delfín que sufre las dagas de los botes
que huyen de la ruina.
El aullido del puerto perdido en los papeles
inunda y acorrala
la evocación sentida de los nichos sin nombres,
de los santos de piedra que pasaron
entre flores y lágrimas meciendo la locura.

III


He pasado toda la noche en los andamios de los arrabales
dejándome la sangre por la escayola de los proyectos,
ayudando a los marineros a recoger las velas desgarradas.
Y estoy con las manos vacías en el rumor de la desembocadura.

(Lorca - Navidad en el río Hudson)

Esa niña que muestra
el manto de su olvido y su ignorancia,
el vuelo desvelado de su imagen rendida,
el llanto de la Virgen
acosada por el fervor postrero
de salmos que acorralan su capilla
recogerá las sábanas de los cuerpos ardientes
y el rumor de eucalipto que embriaga la Bodega
donde sufren los lirios
bajo el graznido torvo de los cuervos
el doce de diciembre,
bajo el púrpura gris envuelto a los fenicios
que rompieron su ruta en la esquina de un beso.
de lo requiebros rotos, sumisos y angustiados
que sus venas no encuentran en el curso
callado de las olas donde vagan los pobres
que no muerden ni hablan en la orilla
cuando las amapolas abandonan la sangre
y arde negra la copla en la noche más densa.

Esa niña que agita su bandera en el agua
se enamora del hombre
que acude cada día a la oficina
y archiva los misterios
pensando que el amor no se ha perdido
aunque hunda sus lágrimas
en el mástil de un Wall Street sonriente
mientras los tiburones socavan los cristales
y escupen el cemento en las fronteras,
en el regazo roto del Hudson que se encoge
y gime por la estatua que entregó las cadenas
al Cristo que no encuentra su camino en el hombre
aunque los crisantemos
mueran cada noviembre mirando las gargantas
rasgadas por los rastros perdidos de los vientos
en las Piedras Mellizas
que acogen la ternura y el olvido
de un niño amortajado en un sudario oscuro
que le cierra los ojos como si fuera un sueño
y le rompe la frente en un lienzo sin marco,
aunque la espuma ahogue los brotes de esperanza
y la sonrisa pierda
su fulgor en un íntimo lamento,
aunque en el Tarajal
resucite la sangre de los muros
y una novia no busque
la senda enamorada de los labios
ni el templo de la playa que rema en el levante
donde posó sin manos, sin saberlo
una frágil corona
de alhucemas en la tumba vacía
donde los altos vuelos encallaron
y los castillos recios de vanos enlucidos
cayeron en el rostro
descarnado de la muerte celosa.

Epílogo


Ahora solo queda ladrar contra el olvido,
encender una vela en el vientre
de los versos que pasaron
mientras sonaban los remos de los luceros en el alba
cegados por la mano de la luna,
mientras la golondrina se adentraba en la tinta que nos aleja
y la muerte escribía una plegaria con sus alas
trémulas sobre la sangre
donde cantaron su última soledad los náufragos
que se ahogaron en el desierto de las aguas.
 
*** *** *** *** ***
 
El Tarajal: Playa fronteriza, lugar donde fueron fusilados más presos republicanos durante la contienda Civil.

12 de diciembre de 1948: En esta fecha se produjo el naufragio más terrible que se recuerde en Ceuta. Entre los pescadores se conoce como el naufragio del Lobo, curiosamente este barco salvó a algunos de sus tripulantes, en algunos pesqueros ceutíes y algunos carboneros marroquíes murieron todos.

Tragedia del Tarajal: La denominada «tragedia del Tarajal» refiere a los acontecimientos que, el 6 de febrero de 2014, condujeron a la muerte de 15 personas en la playa del Tarajal, ahogadas mientras trataban de eludir a nado el dique que separa Marruecos de la ciudad autónoma de Ceuta para entrar en España como inmigrantes irregulares. (Wikipedia)  
 
 
17
 
No me llames
 
No quise retenerla, ¿de qué hubiera servido
deshacer las maletas del olvido?
Pero no sé qué diera por tenerla ahora mismo
mirando por encima de mi hombro lo que escribo.
(Joaquín Sabina - Amores eternos)

I

No me llames en la noche
callada de tu olvido,
no me dejes soñar con la luz de la alborada
que transita por la estrella que te cubre
con el último grito de un monstruo enajenado
porque en tus entrañas he vivido
la cruz de tu silencio,
la cadena amarrada en los leves esteros de tu nombre,
en una vieja soledad que no envejece,
en una barca sin destino varada en la memoria
de los días dichosos que se fueron.

II

He pisado la isla entre el cielo y las matas
y tengo miedo,
he cantado a los hijos perdidos de la noche
como si fuera un sueño interrumpido
y atracado en los astros de los dioses que penan
en caminos de polvo que perdieron tu nombre.

Ya no puede pensar en ti sin un aullido,
ya no puedo olvidar la furia de tu brisa,
la soledad del mundo que brota en tu mirada
cuando dejas atrás la huella del amor
en tu vestido,
y el silencio del búho que recorre la playa
de mis caídas bruscas y tu muerte
suspendida en el aire, en el leve latido
de la marea tibia, que al alba se recoge
cuando no halla mi alma, perdida en la tristeza.

III

Vives en otro mundo
que para mí
era el más querido de los últimos rayos
que bañan las acacias de tu esquina.

No he dejado de amarte
a pesar de la hondura del proceloso curso
que me encierra, nos cubre y nos disgrega.

Volveré a los huecos de tu olvido
para gritar tu noche tensa y larga,
a los caminos grises para encontrar tu paso.

IV

Quizás vuelva la noche profunda de las calas
y camine en tu rostro
la luz por los estrados y muestres el deseo
de vivir en la tierra
que anidara tus pasos cuando te perseguía
y te entregue la llama amable de mi voz.

Llevas en la mirada el soplo del Poniente,
en los labios la herida del pájaro que tiembla,
los soplos que se esparcen
en la huerta que muere y vuelve en el recuerdo
para hablar en los bancos de la luz apagada
 del capricho que acoges en tus alas ardientes.

V

He querido la sombra inquieta de tu blusa,
la nube de tu canto,
la hiedra de tus muros,
he colgado un poema en el atracadero,
viste su melodía
la farola en la piedra de un quejido pasado
en la taberna lúgubre de canciones sin rumbo,
en los juegos malditos
que llenaban tu boca y encendían los besos
en los mástiles rotos,
en la herida de niebla cercenando las calas.

Solo puedo buscarte como un sueño perdido
que escucha en la mañana la voz de ese misterio
que se adueña de Hydra,
que grita que aún me amas en su quietud intensa.

VI

No he podido dejar tu pensamiento, Georgia,
en el anochecer
que cubre la presencia de tus brazos,
entregarte el camino del Llano de las Damas,
la higuera que talaron y sigue en tu memoria,
el último autobús que cruza la frontera,
las canción olvidada que te busca en las sombras
y aún escuchas loca
llenando de emoción a la niña que duerme
en un rincón preciso de tu rostro y tus manos.

Porque vuelvo al portal de los besos perdidos,
porque tomo tus labios y te robo la calma,
y sonríes al sol,
llegas con el Poniente
que atraviesa las lágrimas de las muñecas rotas
y me llevas al mar de la agonía
para dejar tu huella en la Peña del Toro
que abre tu ventana a los misterios,
para romper la nube sumergida
en un trozo de cielo desacorde,
en un rayo de luna que vive para el Orco
y no entrega esperanza al pajarillo herido
que acunaste en tu espiga y en tu falda,
en el viento de marzo que atraviesa tu herida
en los bancos de piedra que perdieron el rumbo,
la voz y los silencios
que tu candor amaba.
 
VII

Quise llegar al puerto con la rosa doliente
que anidara en tu mano,
desenterrar la nube que tocara tus medias,
vivir en la caricia tierna de lo soñado
y sentirte en un claro de luna itinerante,
vivir tus labios puros, esbozar tu mirada.

Presiento en cada gozne la canción perseguida,
la elegancia en las calles, el poema en tu aroma.
Dibujo en la nostalgia la cruz de tu silencio,
el respirar ardiente de tu boca, 
la lira de tu encanto. 
 
18
 
Meditaciones dolida
 
I

Sigo donde estaba después de atravesar
la encrucijada densa y plomiza de la tarde
que no habla, nunca espera
y cierra su cortina frágil de luz en el ocaso,
después de agrietar las linternas cansadas
en la niebla nocturna
de los mares perseguidos que persisten en mi alcoba
y nunca besaron el puerto de mis dudas
cuando penetraba en las líneas verdes, en las pupilas
de unos soles añorados,
de una esperanza angustiosa en la calma.

Porque, después de haber intentado
acometer nuevas empresas, inútiles hazañas
en otros huertos, en otras latitudes,
he comprendido que no sé hacer otra cosa;
escribo
en los pétalos efímeros de la hiedra desprendida
que se abraza a los muros postergados
de la ermita solitaria,
en la huella de la luna que no podrá borrarse,
rubrico
epitafios de amor con un tono lastimero,
con un ritmo desesperado
que arrolla la vereda de un verso subversivo
y una tierna romanza en los labios de una hoja,
respiro
en el aliento de la fuente de la infancia
que se retuerce en las alambradas que fluyen
y cierran su mensaje en las manos del acero
que han ido sembrando en el agua los relojes de humo
que me llaman, me empujan, y se alejan del niño
que no puede esconderse en el espejo
menguante de mi esfera,
ni en la estancia que sufre la ira de un desahucio,
ni derramar las flores que aromaron
el milagro fugaz de una sonrisa en el alba.

II

Me abruma un mundo que juega en los andamios
con el error y la fatiga de poseer la verdad,
yo sé que estoy equivocado.
He roto la cuerda de mi esperanza
pero sigue oprimiéndome la garganta y la sangre
cada vez que se escribe mi rostro en un pañuelo,
reniego del pasado
con una plegaria sincera cada noche
que me asusto de mí mismo
pero vuelve a aparecer en la lengua de la sierpe
escondida en la piel de una manzana que persiste
en el hombre que afronta la marea y la rutina
y no cree en el ángel que anuncia la mañana,
no he dejado atrás al cómico que fustigó a la risa
y llegó a una meta, que marcada no venía
en el libro de ruta, con la montura reventada,
que creía que el talento redimía de la culpa,
mas no apagó el dolor
sin tregua arrinconado en los surcos
que el maquillaje de los escenarios apagados
exponía la herida en la trastienda de una sesión
vacía, sola, triste, desesperada.

Me dejaré llevar por las raíces
hacia la blanca orilla de la sombra de los álamos.

III

He bajado a la playa oscura de las matas
que gritan en las piedras y en los muros
donde habita para siempre la muerte de un cometa
con la bufanda raída que arrastra una ventana de misterio
en el índigo profundo que oscurece
la fábrica abandonada en la escollera,
el muelle destrozado por la lengua del levante,
los escombros en el barranco de la fragua,
para vestir de silencio a la luna
que vuela en la memoria de las nubes,
para liberar del lazo al painico de una infancia
feliz y acorralada entre los arenales de los pasos sonrientes
que juegan en el olvido a las ansias de vivir
entre los crisantemos
que colman la escalera de los días más lentos y más amargos.

IV

No conozco los motivos
por los que me rebelo contra el discurso airado
de una queja adolescente que aún me llama,
por los que sigo en pie después de tantos sueños
en el frente de la vida masacrados por la rabia,
impresos para encadenar mi nombre a una oficina,
después de tantos poemas malogrados,
después de tanta farsa y de tantas caídas.

He olvidado las razones por las que vuelvo a una calle
temible y opresiva que solo cambia
el mástil de su bandera
mientras sigue el puñal agazapado
en la placa escondida en un rincón de sus entrañas.

Ya no sé por qué suelo hablar con los ojos,
por qué confío aún en los pecados de la virtud,
en las flores perdidas
que me llevaron a las arterias del Infierno,
por qué busco la verdad
entre los edificios amontonados y las redes vacías,
por qué siento tu nombre entre las sombras,
la libertad entre las rejas de un anhelo que sufre.


V

He roto los espejos

Me he levantado entre las violetas
mientras aclaraba
cantando un canto olvidado
en la noche serena.

(Pasolini - Versión: Delfina Muschietti)

He roto los espejos que rezan al pasado
en la alcoba que tiembla en el aire dolido
y muerde la querida remembranza
de una lágrima densa caída en tu mirar
y el canto de tus manos
que busca en el desierto la multitud que espera
la sed de tu garganta
herida en las caricias que arrastran los vestigios
de la larga cadena forjada por tu piel.

La cortina rendida en los escaparates
suspira en tu mirada
con un verso extraviado que sufre los agravios
del pensamiento lógico que perdió la razón
y siente tu latido en la espesura
cuando llega la noche profunda de tu ausencia
a los pétalos negros de mi bosque medroso.

He roto la añoranza de un mundo malogrado
que no quiso quererme en su vacuo latido
ni que yo lo quisiera;
ya no soy quien pasó con la luz en la frente,
quien escribe un poema en los labios del viento. 

19

Costana de Ribalta


Llega un rumor
de silencio que se abraza a tu figura
cuando pasa el último autobús de la frontera
y mantengo en la memoria
de tu mirada el misterio del olivo silvestre,
me miro en un espejo asustado
y los muelles se alejan entre la bruma de la noche
y la muerte de los besos
que se hunden en el asfalto de la carretera herida
y en la huella de las farolas
que se imprime en los nombres de las fábricas.

Te amo en este rincón de la ciudad que duerme
y aprisiona los sueños perdidos de un pasado
que sería distinto
sin tu aliento en los carteles y los cristales,
sin la caricia que guardas en el regazo de la luna;
yo no hablaría de los faros que nublan la garganta
con la huella estridente de un canto sobre las tejas,
no hallaríamos las portadas escondidas
en la humareda cargada
de los lunes cenicientos sin papeles y sin rastro,
te acosaría el alma de la primera sonrisa
que no supo esperarte
en la herrumbre que llora la sed de las cancelas
de tu puerto desencajado en los bosques de ladrillo
vencidos por la nostalgia
de tus manos ardientes en el suelo y en las tizas
cuando jugar era serio y nunca hacía daño.

Vago en la quietud atormentada
de los muros encalados
que suben la implacable costana de Ribalta
y en el temblor errante
de las luces encalladas que rezan en los umbrales
de la última puerta que se abre en el olvido.

En ese momento que has llenado de estrellas furtivas
me levanto como un hombre desmaquillado
que se abraza a la cola que tiembla en otra luna
intentando encontrar
tu destello en la noche del índigo caído
que hiere su soledad con una lágrima oscura
para llevar tu timidez antigua a un rincón de los lienzos
que esbozan un corazón amortajado
en una cometa ingenua y desorientada
que nunca llega a alcanzar el lugar alto en donde vibras,
aun así te persigo en un norte sin brújula
que se pierde en el marco del óleo que tú amabas,
te abrazo en la cortina que desgarra el clamor de tu vestido
entre las sombras de los gatos que resisten
en los colchones viejos y en las sillas rasgadas
de la colonia desnuda del taller arrasado,
en el poema que hablabas de la libertad en el viento.
 
 
20
 

Tu adolescencia
 

 

Si oyera resonar la canción
que cantaste en otro tiempo,
amada mía,
se rompería mi pecho
ante el empuje salvaje de mi dolor.
(Heinrich Heine)


I

He vuelto la mirada hacia tu vuelo verde
y he muerto caminando
entre la blusa blanca y aquella falda gris
que adornaban tus libros
y agitaban las velas, el mar y los deseos.
Pero sigue la vida como un sueño que gime,
que desvela un lamento en el jardín que duerme
en tus primeros besos,
lloran las avenidas y los parques se cierran
en el umbral de arbustos con sangre en el ramaje;
¡soledad de murmullo, juegos que no divierten
en la palabra triste de un duelo cancelado!
y aquella adolescencia fresca que nos invade
con la imagen eterna de tu regazo herido.

Era siempre el amor la nube que pasaba
y se nos fue alejando
como la estatua ecuestre que apunta hacia la gloria
y no mira el dolor sin luz de los mendigos
que yacen en el suelo.

II

El refugio añorado de las últimas lluvias
ha muerto como un sauce sin hojas, sin raíces
y llora en Punta Blanca
el mórbido crepúsculo que tiembla
en los bares sin nombre,
en un grito de Dylan
escrito en las paredes de tu firma
mientras la calle plañe por los pétalos muertos,
la galería no abre la esperanza de ayer
cuando cruzo su sombra
con los misma camisa que llevaba
en el ferviente intento de mis ojos
de arrebatarte una sonrisa abierta,
cuando tu rostro ardía entre los soportales
y entraba en la caricia tierna que me arrastraba.

III

Ya no miras atrás,
no miras, ya no sientes
que al perderme tu vida haya encogido.

Como la noche va hacia las sombras
la palabra lejana que vibrara en tu acento
y el pasado se nutre, sin concierto y sin pausa,
de su propia rutina
que atraviesa las horas,
palidece en el alba que lo muestra
como un bajorrelieve gastado por el tiempo,
como el viento que hablaba en tu sueño de vida,
la canción de Serrat que inundaba tu alcoba
y el póster blanco y gris que paraba tus besos. 

4

Arrancaron la higuera que desde tu ventana
contemplaba en el aire una caricia triste,
la avenida guardaba tu recital de sueños,
el amor te esperaba en brazos del milagro.

21

Leonard Cohen -- Avalancha


Como todo en la vida, hay canciones buenas y malas, después les añadimos adjetivos y gradaciones, otras que no son ni una cosa ni la otra a las que su tibieza les impide que lleguen y se pierden en el camino, y otras a las que solo las podemos llamar por su nombre, de tal forma representan algo único que solo puede cruzarse en la mente de un elegido. Avalancha es una de ellas. Yo hubiera querido que Leonard Cohen cantara en español y poder degustar así cada una de sus palabras, quedarme con cada uno de los matices de su voz dolorida y temblorosa, directamente, sin tener que acudir a intermediarios. Ni siquiera el Dylan de "Sangre en el camino" supo afilar con tanto resentimiento las espinas, ni entregarnos los hierros que dejan sangre en el camino con tanto desasosiego.

El sempiterno poema de amor es tratado con crudeza y realismo no exento de un romanticismo que se rebela con fuerza contra el fracaso, contra el destino aunque sea en su vertiente escarpada y trágica. El cantante desgrana sus nada complacientes palabras como si el odio pudiera liberarnos de un amor cuando nos duele, como si las cenizas de lo otrora venerado y perseguido pudieran provocar nuestra indiferencia mientras esparcimos su memoria en el viento, como si desear fuera siempre el comienzo de una amarga derrota.

Cohen decía en uno de sus enigmáticos poemas que hablaba del silencio porque sabía mucho de él, que le entregaba a su amante como regalo un poema que había surgido de las entrañas del silencio.

Es muy probable que la amante de la canción fuera otra, dado que en ese tiempo en el que encuadramos "Avalancha" y en el que, posiblemente podemos situar "El regalo", el poeta era un enamoradizo impenitente, pero eso no quiere decir que no viviera cada amor como si fuera el definitivo o que no sufriera la indefensión de quien se siente desnudo y monstruoso ante la mirada de la amante que ha cambiado su discurso, que empieza a ver un alma torturada donde en algún momento vio una estrella resplandeciente, que no hay nada más amargo que cambiar los besos por reproches, una sonrisa por un gesto de desaprobación. Los amigos del amor romántico un tanto ingenuos encontrarán en "Avalancha" un atentado cruel contra sus ideales de la belleza en la poesía, ese tipo de personas difícilmente podría apreciar el valor artístico de un Cristo crucificado de Matthias Grünewald e, incluso, del Guernica aunque no lo dirán porque saben que encontrarán una avalancha de opiniones contrarias ya sea por convicciones sinceras o como un ejercicio de esnobismo mal asimilado. Cohen no buscó nunca satisfacer a ningún público, nunca alcanzó las cotas de popularidad de otros cantantes, pero tenía claro su compromiso de artista verdadero y aquí lucha por sacar algo de luz de las tinieblas, algo de amor en la tortura, algo de belleza en lo grotesco de un contrahecho moral para construir un altar lóbrego con los restos del naufragio.

El título del álbum en el que está inserta es Canciones de amor y odio, uno se pregunta adónde ha ido el amor; Avalancha es sórdida, sombría, una canción de culto para los deprimidos que lo apuestan todo a la sensibilidad, vaga por los recovecos negros de la desesperación, cuando todo ha terminado y no se sabe cómo decir adiós, cuando se odia tanto que todavía se ama.
 
 

22

Llanto por dos poetas

Te escribiré mis deseos en los pétalos caídos
cuando se apague el resplandor de la antigua ventana
y vuelva la soledad en los recuerdos de la brisa,
cuando aparezca en tu cuaderno
la proclama que hierve en la frente de un profeta
abandonado y muerto
en el misterio corrompido de una playa violenta,
cuando mida el calor de la luciérnaga perdida
el paso de los amantes mutilados
que envuelven
en una queja plagada y polvorienta
el mástil de las farolas que declinan
acogiendo en una prédica angustiada los nocturnos de los huecos
de una mirada oscura que nos halla en la techumbre
de un Pierrot sonriente y apasionado,
de un mártir que se emociona con la gravedad de una pluma,
con la mirada de una gacela herida detrás de unas rejas,
con un llanto desnudo a los pies de una guitarra desangrada.

23

Contra las cuerdas

Ya no puedo tener
la luz de tus columnas, las ansias de vivir
en tu grácil desvelo,
la magia de tus piernas entre mis manos,
el dulzor de sentir tu túnica caída,
tu procelosa voz llamando a mi taberna.

No puedo desmembrar el mástil de los lirios
que velan el milagro fervoroso del Puente
donde mustio padece el Cristo de la herida
que ve partir el barco que no vuelve a la mar.

Regresa a tu retrato el hilo del pasado,
la sangre de la rosa
que recogió tu risa en las calles dolientes
de las Puertas del Campo,
en el levante airado que azota los recuerdos,
en la tierra del dique que aprisionó tu huella
y el golpe malogrado de un perdedor perdido.

Los labios de un destino que nos tiende emboscadas
no saben desterrar
la llama del olvido que hiela mi memoria,
la luna de una lágrima,
la llaga de la luz que brilla en tus tinieblas.

24

Verano 1977


Entre los vendavales que sufren tu agonía
apareces vestida
como un sueño de luz que se impone a la muerte,
eres la rosa errante que no sigue a los vientos,
eres como el silencio que triunfa en el olvido
con palabras escritas en una servilleta
guardadas en el bolso
de la fotografía que inunda tu sonrisa.

Eres como la huella profunda de la playa
que juega con los niños mezclados con las olas,
como la noche intensa de las sillas con nombre,
murmullos y misterios,
como todos los huecos que llenan el vacío
eres como el verano que llegó una mañana
apenas florecido y siempre reverdece
cuando pienso que tú no has perdido los lazos
sufriste mi dolor, me amaste en la derrota.

25
 
Muchacha del recuerdo

Anochece en mi rostro
cuando pasa por la alfombra de tu calle
la muchacha de ayer que todavía te busca,
lleva al cuello tu cruz,
brilla en el recuerdo donde apenas sonreías
y envía pétalos de ensueño a los claveles
de un mañana
enclavado en una estatua que guarda una mirada
de amor hacia los tristes
a pesar de los fusiles, el mostaza y las cadenas
que no pueden devastar la palabra
de los santos descreídos
que emergen de las brumas cada día
para seguir viviendo la fe en nuestra sangre.
 
26
 
8 de mayo
 
Vuelvo al tiempo de los besos
acorralados,
de los sueños erguidos en el parque de plata
que ya no nos espera,
al laurel de la India que nunca se marchita,
a los bancos de piedra que ya no son los mismos;
no recogen la firma de tu mano nerviosa
pergeñando los vuelos profundos de una rima,
vuelvo al patio romano
como si quisiera gritarle a las rosas
que no serán nunca tempranas
cuánto te quería
en los recovecos de los jardines de las murallas,
en el pequeño foso del suicida
que aún guarda los calvarios brunos de nuestra nube
en el velo del mar que atravesaba
la pulpa del naranjo que oscurece
en el paseo crepuscular de Independencia,
y me estremezco
como si quisiera abrazarte de nuevo
en los surcos nostálgicos del agua
que se adentra en la noche de las incomprensiones,
de las barcas perseguidas
que gimen en la canción de tus arenas
como una sirena que ha renunciado al canto
y horada con los ojos la amargura de sus piernas
entre los espigones derruidos por el salitre y su silencio
donde la luna araña al mediodía
tu sombra sobre la tierra del olvido,
el corazón sediento que aún rememora la caricia
del clavel caprichoso que tuviste en la boca.
 
27
 
  Pero me emocioné sinceramente,
de una manera antigua que se me hizo extraña,
cuando advertí en sus ojos
que eras tú quien reías y llorabas,
y llorabas
como si volvieras
a otros escenarios del recuerdo y arrancaras
a Marianne de la suave marea que aún mece su isla
para decirle adiós riendo entre lágrimas.

A Miguel Aurelio en el Barrio La Viña 1987.

Pavese muere en el abismo de mis ojos
cada vez que te miro y no me encuentro
como el lobo enjaulado de San Amaro
que solloza ante la muerte.

Es agosto y esta ciudad se ha llevado el rumor del río.
Nietzsche vuelve a vivir en tu locura,
sufro en los ramajes
más frágiles del Averno, pero ya ves;
te amo incluso cuando me regañas...
No tengo la culpa de sentirme un chico abandonado
cuando no me sonríes,
hablé con Andrés el día de la mujer mundial
pero no me escuchaba,
no debe atarse un purasangre a una noria.

(Conversaciones con Laura - Turín, 18 de mayo de 2019)

28

Niño muerto entre las cañas.

A Lorenzo Perea León (1933-1938).

Sigue la corriente sola.
El lamento de los pájaros
sigue vagando en la higuera
entre la hierba y el barro.

La soledad se alberga en el muelle desierto
hundido en las cenizas de una gloria lejana
que la almadraba vierte entre sus redes
como si fuera el agua de los ritos moderno
que olvida lo sagrado y se ríe de los poetas
y se agolpa en el lecho de una cesta de mimbre.

Otras naves zarparon sin un nombre en el puente,
sin una despedida
buscando tiernas piedras para adornar las flores,
para romper la imagen de un recuerdo
que duerme entre los pliegues
de una estela apagada en la huella de mármol
que detiene su rostro y acaricia su frente
como un poema torpe sin ritmo, sin cadencia,
como un niño perdido en los cañaverales
que ya no puede hablar
y agoniza sonriendo cantando a la tristeza
como una vieja barca que no vuelve al levante
y en la sombra se pierde aireando su olvido
como un libro cerrado, una gota en el mar.

***

Mi padre se ha llevado toda la mar, mas no ha podido arrebatarme el mar. Las últimas voluntades siempre son involuntarias; nadie dice lo que siente ante la muerte, se intenta decir lo que la muerte siente.
 
29

Miro los edificios

Cuando lleguen los días de una nueva derrota
y vuelvas a llevar aquel vestido nuevo
te esperaré en la esquina de la última cita
con flores en la mano, brillantina en el pelo.
(Francisco Enrique León - Cuando lleguen los días)

Miro los edificios de nuestra adolescencia
sabiendo que las mariposas no regresan
a los pupitres de las calles,
a las sobrias arcadas de la librería
donde apareciste como un prodigio entre la lluvia,
que los amigos no siempre lo fueron;
no cruzaron la acera
cuando Bruce Banner lloraba de rabia
enfrentándose al engendro
que había brotado de sí mismo,
no lamentaron
que Kafka no volviera a las vitrinas,
que mi amante no me esperara en el arco de papel
inabordable de su triunfo, inexorable de mi derrota;
ella nunca admitió que las flores mueren
cuando llega la noche
al lamento marchito de sus pétalos destronados,
que cada héroe lleva un monstruo en las entrañas
y el tiempo nos devora
aunque hayamos vivido el despertar de un sueño,
aunque aliente su sonrisa los anhelos de una mirada extraña
y se despliegue
como una danza entrañable
en el candor de los labios que tuvieron su tristeza y su alegría,
aunque persistan los derrubios
edificados por la profundidad de las terrazas,
por las reminiscencias de los paseos en la palma de los rostros
y el pesar perfumado de la adelfa en su agonía,
por el estanque enclavado en la fosa del misterio
de un sentimiento vivo y enajenado que vibra en la nostalgia
de las verjas abiertas en los senderos del mar.

El corazón del mundo que tuvimos
solloza por el llanto esparcido
en las ventanas infinitas que miran al silencio,
a los ojos vacíos que llenan el dolor
sombrío de la angustia, amargo de la ausencia.


30

El muro de las lamentaciones.

Comprendiste con dolor que los hombres nunca lloran,
después llegó el diluvio,
aprendimos a naufragar en la orilla
pero no sabemos lo que hemos aprendido;
el amor siempre es un sueño que nos despierta
y la vida nos sorprende durmiendo
cuando soñar es un privilegio de los atormentados
que no cierran los ojos cuando aparece el destino.

No puedes tener de mí lo que no me pertenece
no puedo tener de ti lo que perdiste
y aún conservas
en un poema de amor que nadie leerá nunca
aunque esté escrito en el muro de las lamentaciones.
 
31
 
Playa del Chorrillo

Dejas en las arenas el rastro de un recuerdo
que vibra acompasado
en la huella del alma llena que no se pierde
en revistas que llegan vestidas de derrota,
ilusiones sin voz que gritan en el muro
donde esperas que vuelva mi nombre entre las piedras,
y dejas la distancia
de tu olvido a mi alcoba
con el reproche inquieto de una amante exiliada
que borda los deseos de juventud perdida
cuyos cordaje siguen latiendo en una llama.

Entre las flores nuevas que no supe enviarte,
entre los verdes trigos brilla firme la aurora
como un sueño de luz
que se adentra en la calma cuando llega tu imagen
de la playa a la orilla y alienta los deseos.

Sigue abierta en tu rostro la primera sonrisa
entre el mar y los montes que cubren los paisajes,
entre pájaros tercos que cantan al mañana
y te llevan la espiga de un vuelo enmarañado
para tejer laureles
de un sentimiento antiguo.

Eres como los astros que ahogan el olvido,
como el árbol que llora la tristeza del mundo,
una sombra que siente
entre los espigones un poema perdido
de asonancia sentida en tus labios de sal,
eres como ese faro que nunca encontró puerto
y busca sin descanso tu mirada en la luz
para sentir que muere el peso de una culpa,
entre libros gastados y un mástil desteñido
penetras en el vientre de una esperanza incierta
porque nunca te rindes ni niegas el pasado.
 
32
 
Las puertas del recuerdo

He inundado con hojas las puertas del recuerdo,
caminado en la esquina
que salta el burladero con un verso de muerte
para poder sentir la llama de tu boca,
el espejo en tus hombros, el brillo en tu mirada,
y no puedo encontrar
la calle de tu sombra, la nube que me hiere
vestida de algodón
mientras los sueños hondos nos alejan
y agoniza tu barca en otros varaderos.

Ya no puedo mirar recogida en el aire
la blusa que llevaste en un carmen cautivo,
la cruz de tu silencio y tu huella en la mar,
y no siento tu rostro
embriagado en los días de las fechas sin nombre,
perdido en la marea de los vientos cambiantes.
 
33
 
Sigues
 
 Pasa el tiempo y vuelve tu sonrisa a los espejos
de los troncos
caídos en la estrecha acera de las citas
y vuelven las alas
de la cometa azul que se enreda con la noche
y refleja la elegancia de tu rostro en la bruma de los mares.

Nadie podrá decirte que no preguntaras
por lo perdido
con el corazón que latía en los labios del intento
en el balcón donde colgaba el flujo de los geranios.
Nadie podrá negar que cruzaras las nubes solitarias
con tu blusa anudada en la cintura,
que abrazaras el culto
de una mirada penetrante en el silencio
e inundaras con arrojo la lágrima de la rosa perdida
en el interior de los vientos de una derrota inconsolable.

Sigues en mis anhelos
con tu vuelo en mis brazos, el candor en las mejillas
y enciendes en mi mirada
la sombra cineraria de los héroes marchitos
que no encontraron el canto en mi corazón de viajero.

Sigues en mi memoria moviendo los instantes
con el trago doloroso
del primer verso que buscaba tu mirada y tu libreta,
sufro ese momento como si fuera tuyo
y me detengo en tu imagen
cada vez que lo escribo en tus labios todavía.

34

Temporal de levante en Abyla

Te abrazaré en la herrumbre
de los vuelos ruinosos
por llevarte la vida que resida en la muerte
de una ciudad vencida y arbitraria
que no desea
que sigamos su aliento,
sus medallas, su paso o su corona
para abrir la cortina que encierra los mensajes
en el rumor del mar que nos aleja
y nos castiga
en la verja de brumas vaporosas
del Mare Nostrum mustio y descolorido
que extiende una caricia por el muro circundado
por una prédica
saturada, perversa y amarga
que se arrastra en la cumbre lastimera
de una hoja caída que ha borrado tu nombre
en mi libro de ruta desnortada
y no encuentra medida ni presencia
en mi rostro de lunes que sigue en su cilicio
aletargado y cruel;
tú nunca me dejaste la sombra de las nubes,
la dirección de tu bolso y tu risa
ni el rincón de los lirios marchitos que agolparon
los fracasos prendidos en el sueño que reza
en el templo añorado por las olas y el viento.

35

He dejado en tus manos procelosas
la palabra oprimida
que firma la crueldad de los acasos
que nunca se han movido de la lengua sombría
que se burla del sino taciturno
y esparce los destellos
de un mundo perturbado que nos hiere y se acerca;
inunda la bahía solitaria
con un marasmo inquieto y persistente
que siempre has paseado en tu locura
prendido en la añoranza húmeda de tu rostro
que navega en las nubes
lúgubres y terribles de tu velo,
surca la soledad de los mendigos
con las aves nocturnas que rezan en tu cruz
y sufren virulentas la amargura
que golpea tu puerta cerrada y subjuntiva
con un ardor confuso
que perece en la muerte de los puertos varados
en tu alma quebrada que susurra en la sombra
y se enciende en las horas
vencidas que traspasan el lazo arrugado
de una cita perdida en una luna blanca
que vaga en la escollera de una blusa menguante
y penetra en tu boca con un turbio suspiro
que mueve los andamios tormentosos
de un sentimiento errante que agoniza
llorando en los balcones,
arrastrado en tu playa por la ira de los vientos.

36

Recuerdo de la Mujer Muerta

A Gallardo Chambonnet, por haber llevado tantas veces a Abyla en su pensamiento.

No volverá la savia a recorrer
la profunda estalagmita de las arterias del puerto,
oscurecerá el vestido gris que llevabas en la esquina del otoño,
el gemido taciturno de Machado ante la muerte
en la canción crucificada
de un hombre confundido que no creía en el amor
porque no supo de tus ojos ni te conocía
y sigue en la espesa niebla de las ramas que lloran en el pasado,
en la soledad de una gente
que no recuerda dónde está su memoria,
dónde la excavadora que se llevó las flores del Campillo
y la sonrisa del sol que derramaba su miel
sobre los cabellos escarpados de una mujer amortajada.

37

Nocturno en Toledo

..el silencio y la noche mordían con su abrazo
mi alma en la litera
y ardía el mundo de los tiernos y de los tristes
devastado por los celos de la espera que no muere.
(Francisco Enrique León -11 de abril)


Siempre arrastré las llagas de tu culpa
y sufrí por las cartas perdidas que no llegué a leer,
por las llamadas
que no pude escuchar mientras te maldecía,
mientras me acorralaban la ausencia y tu vestido
en una sala oscura que nunca frecuentaste
y amarga me miraba
como si fuera un hijo de las sombras
atrapado en el fulgor hiriente de un recuerdo
que nunca permitiste
que descansara en el temblor de mi almohada.

Lloré por el rechazo que cubría mi rostro
y ahondaba en los rincones
del velo de la luna
que ardía en los espejos de una alcoba sin puerta,
en la espina de miel ensangrentada
de tus gélidas manos
en los días más grises que morían
y desfilaban huecos por las enredaderas
que nunca atravesaste con soltura,
por los escaparates
rotos que me mostraste en un rincón perdido,
en la noche del dolor que mordía las sábanas,
desgarraba mi orgullo y se hundía en mi mirada.

38

Los cines y las fábricas

Llevas en la mirada el soplo del Poniente,
en los labios la herida
tierna y ronca del pájaro que tiembla
en la acera caído
entre los transeúntes silenciosos
que asaltan el vacío y rutinario
cristal de la memoria en los escaparates,
el halo transparente de los cines,
el humo de las fábricas,
el rayo que ilumina la caricia distante
en la huerta que muere
y se cubre con lirios de pureza
para hablar de los bancos con un nombre grabado,
con un libro perdido con la letra borrosa
y una firma sentida y olvidada
que no advirtiera nadie en un cuerpo que espera
la llama de tu amor, la magia de tus manos.

Llevas en la mirada el mito del exilio
de las nubes canoras que nunca se han movido
de tu eterna esperanza en los jardines,
del viento de tu imagen venerada
y ardiente
que llena las paredes con un nombre,
que rompe los adagios con un verso medido
y atormentado
que hierve en las esquinas teñidas de silencio,
divaga en la mañana, y sonríe a la muerte. 
 
39
 

En el amor me hieres

En el amor me hieres, sin saber el motivo
castigas lo que amas en tu ruta obstinada,
 provocas lo que sigue
sombreando la luz  en la Plaza de España,
caminas por los cuadros abiertos que engalanan
aceras que reclaman un sitio en la memoria.

Despiertas en la calle como un árbol que pasa,
como una enredadera que no alcanza el tejado,
eres alma de nube peregrina y cansada,
así los pensamientos en el verde se ocultan,
vienes desde una herida
y buscas la estación
que tomaron los pájaros que emigraban al sur,
así te desmadejas en folios arrugados
preñados de palabra que te vive y te toca,
así vuelves del sueño, así torna la vida
sobre tu clara frente de un sentimiento undoso
que lleva a la Almadraba la herida de los mares,
la luz de los recuerdos entre los pasadizos. 
 
40
 
   Y durante un instante, en su rumor,
regresa el latido del primer poema
de una vida
como una música lejana que se apaga en la noche.

(Constantino Cavafis - Voces - Versión: F.E. León)

*** *** ***

Es cierto que no vuelve lo que nunca pasó
y siempre se hace tarde cuando el alma se agrieta
y se va la esperanza
como una mariposa que atraviesa las nubes
y empapa la tristeza de su vuelo
en la presencia oscura que guarda los rescoldos
de un deseo ferviente que resiste en la sangre.

No volverás, lo sé, pero te espero al alba
con la flor en los labios
de la mirada quieta en la eterna sonrisa
de una estrella fugaz
que caerá en tu olvido cuando hierva el recuerdo.

41

16 de julio

me dejas desterrado en el miedo y las sombras
a solas con el mar de dolor que me cubre
en esas olas negras que arrastran a la playa.
(Las ramas de laurel)

En tu dolor me hieres, sin saber el motivo
castigas lo que amas en la ruta obstinada
del calderón que abraza tus orillas
y muere pensativo, varado en las arenas,
provocas lo que sigue
en el pasaje estrecho sombreando las flores
de tu vestido alegre que no llegó a a los claros
en la fiesta de ayer,
caminas por el Cuadro abierto que engalana
la acera que retiene
un sitio sensitivo en la memoria
de la niña descalza que vuelve de la escuela
y se pierde en el aire con las rosas marchitas.

Despiertas en la calle como un árbol que sufre
y acoge su destino en la sombra exiliado,
como una enredadera que no alcanza los muros
de la noche vacía, de tu primer poema.

Eres alma de nube peregrina y cansada
como las remembranzas de un poeta apagado
que arroja la toalla de sangre en el camino
entre las Cuatro Higueras y una tumba encalada,
entre los pensamientos del arroyo
y el rostro amortajado de los sueños sentidos.

Vienes desde la muerte de una pasión lejana
que llenaron los pájaros que emigraban al Sur
y buscas la estación
que rompe el horizonte tenue de Cabo Negro,
así te desmadejas en folios y revistas
rotos por un deseo que te llama y te vive
en las fotografías sedientas de pasado
entre las escolleras de la fábrica
que no vuelve del sueño, que no torna a la vida
sobre la fuente intensa de tu boca
que canta su agonía y el alma del quejío
que lleva a la almadraba la herida de los mares,
la luz de la avenida entre los pasadizos
del templo desterrado que perdió la palabra
del galileo
y sufre en el calvario
de mujeres de negro con un himno en la frente
que mueve la quietud de tu voz y el recuerdo.