martes, 23 de agosto de 2016

La niebla




Después del silencio se derrama tu voz
en una canción alegre hundida en la tristeza ,
no queda una elegía que haga renacer
los sentimientos rotos, no queda una palabra,
para evocar anotaciones transidas de dolor,
de puentes, de excesos, de manos,
de orgullo, de agonía…

En el martirio de tus dudas te sumerges
en ese mar de ginebra que se agita sin norte
en la mano que tiembla en el cristal,
en los labios pintados que procesionan en el pasillo.

El amor no aparece con su sonrisa extraña
rellenando los huecos de un corazón que llora
mientras el mundo se inclina en otra dirección
que no tiende sus lazos,
que no retienes, se difumina y se te escapa.

Vives el desconcierto, flirteas con las pastillas,
mueres en la amargura con el tono marchito
de quien siente que su tren se perdió en alguna parte,
en los raíles sin espejo de una metáfora sentida
donde quedan los versos de luz
que huyeron hacia el oeste donde duermen los dioses
y una sombra que estrecha su figura contra tu cabeza
te susurra lo cerca que se halla la salida.

¡No sé cuántas veces te busqué en el murmullo
del parque por la noche,
cantante callejera en la soledad de la isla,
ni cuántas recité a Ginsberg acariciando
el aullido iconoclasta
de la ternura de tu rostro de ninfa enajenada!

Ahora miro tu cuerpo abandonado en la niebla
que desprendían aquellos ojos cerrados al mañana.

lunes, 22 de agosto de 2016

Cinco minutos


Porque todo el mar cabría en la belleza oscura de tus ojos

y aún así me quedaría con la luz de tu mirada.


Cinco minutos de amor, un refugio en el recuerdo,
un alma que se emociona con  palabras sensibles
que apenas escuchas, que mueren arrinconadas
y dejas descosidas en un cuaderno sin solapa.

Los caminos se estrechan entre la luz que se acorta 
y difumina 
y llamas al grillo del hogar que no tuviste
porque estás sola 
como una muñeca perdida en un almacén
cuando terminan las rebajas,
como el silencio de los escaparates de la ciudad dormida,
como la golondrina 
que se enamora del invierno.

Pero esos momentos te llenan de vida,
resucitan a la niña que se perdió y se rebela
para que su madre adorne 
su pelo con un jazmín adolescente.

Retomas el camino que nunca conociste
mientras lloras por la muerte de la tarde
y a través de la ventana los árboles
se convierten en sombras,
tu corazón en un silencio que agoniza,
tu sonrisa en un gemido que traspasa la noche
y muere en el alba.


Léon Werth el gran olvidado de la edad de oro de la narrativa francesa.

         Va pasando el tiempo, mañana tu hermano y María vuelven a irse un año más y nos quedamos con el olor de septiembre, con su impronta de pura y simple melancolía del colegial que piensa en las clases y se va despidiendo de la playa intentando disfrutar cada ola, haciéndose más generoso con la vida mientras aprovecha los días de poniente para volar una cometa que lleve una carta de amor a la niña que se sienta en una esquina.

        Me siento casi sin fuerzas para terminar lo que me había exigido para intentar sintetizar, cuando lo hago antes de abandonar las palabras en el papel, el lenguaje casi nunca logra reflejar los sentimientos, hay fórmulas gastadas que se repiten y repiquetean en nuestra mente como si fueran mentiras vestidas de verdad, detrás de un te quiero no suele haber nada muchas veces, pero yo te lo digo convencido porque me ha costado años comprender que es una verdad irrenunciable, te lo puedo decir en un tono estoico que no quiere decir que esté despojado de pasión, con el hálito vago que desprende una sonrisa despistada o una plegaria fugitiva; no creo en Dios pero creo en ti. 

         Cuando se tiene 57 años, cuando se posee la convicción plena de que se ha sido malo alguna vez, suele ocurrir que uno se emocione cuando encuentra a un hombre bueno, íntegro y coherente, eso es lo que me ha ocurrido con Léon Werth, su fracaso me ha convencido de lo ridículo que es que yo me queje del mío, lo preocupado que llegué a estar por la indiferencia de una gente que no puede comprenderme porque su idioma se quedó atrás y sus sentimientos no han evolucionado, él tuvo que soportar con la moderación bendita de un humanista radical los ataques de aquellos a los que protegía y, ni un solo momento, dejó de creer en el hombre. 


         Te quiero, y estas palabras, ahora, están dichas sin ti.

(Alexander Chandler - Conversaciones con Laura - 22-8-2016)

domingo, 21 de agosto de 2016

Mujeres ardientes en Nueva York y la ausencia de una estrella.

         Las mujeres, no podía ser de otra forma en un mujeriego impenitente como Saint-Exupéry, fueron un aspecto importante en su deriva emocional neoyorquina. Sus conquistas, la mayoría de las veces, no tenían otro objetivo que el disfrute carnal sin implicaciones sentimentales y parece ser que ni siquiera la barrera idiomática supuso un problema para sacar partido del magnetismo que desprendía su fama, la brillantez de su oratoria y la ternura de su sonrisa.

Más importante fue la simultaneidad con los tres amores[i] más importantes de su vida que llegaron a compartir su presencia en la ciudad de los rascacielos. Una situación que por sí sola hubiera bastado para derribar definitivamente a cualquier otra persona, tuvo una repercusión deslumbrante en el plano creativo, en aquellos tortuosos veintiocho meses escribiría "Piloto de guerra", "El pequeño príncipe", "Carta a un rehén" y seguiría en su odisea interminable de "Ciudadela".

         Consuelo tardó casi un año en reunirse con su marido en Nueva York, alquiló un apartamento en el mismo edificio, pero varios pisos más abajo de donde él vivía, una muestra más de las desavenencias de un matrimonio que distaba mucho de cumplir con lo que se prometieron[ii]. Las circunstancias por las que apareció en Nueva York son confusas prevaleciendo la opinión de que fue muy a pesar de Antoine, ya que pensaba que su presencia añadiría una tensión innecesaria a su desconcierto. Pero no falta quien diga, en una versión más romántica y, sin embargo, probable, que acudió a la llamada desesperada de su marido en un momento extremo de debilidad y angustia.

     Consuelo, silenciada y considerada prescindible en su vida durante más de cincuenta años, arrastraba las huellas de su esterilidad[iii], hasta que Paul Webster la rescató de un ninguneo incomprensible, fue la mujer más influyente y determinante en su vida y la que más brilló en su literatura[iv], Antoine sintió hacia ella una dependencia extraña, aparentemente incompatible con sus múltiples ausencias y el desfile de amantes que vestían de incongruencia su exquisito escaparate de hedonista insaciable.

         Es cierto que, a pesar de sus muchas y nada amistosas peleas[v],siempre tuvo hacia ella una actitud protectora, casi paternalista, diametralmente opuesta a la que venía sosteniendo con Nelly de Vogüé en la que ésta le mimaba y consolaba al niño melancólico que había en él, le tranquilizaba de sus problemas emocionales y le ayudaba con los económicos[vi]. La empresaria agresiva, dominante y triunfadora solo aparecía cuando intentaba, sin éxito, alejarle de Consuelo por la que sentía una aversión enconada.

Es extraño que no se comente mucho otro hecho que contribuyó poderosamente al estado de frustración que sintió en la Gran Manzana; la distancia con su madre. Marie era una mujer extraordinaria, con una innegable inclinación artística que orientó hacia la pintura con cierto éxito, que admiraba el talento y la independencia de su hijo y le inquietaba su irreligiosidad provocada, en gran parte, por el regusto amargo que le dejaron los años que estudió con los jesuitas. Saint-Exupéry mantuvo con ella una correspondencia intensa que se alargó durante años y que ha servido para situarnos los diversos estados de ánimo que atravesaba en las diferentes etapas de su vida.

A Marie no le gustó nunca Consuelo[vii], aunque lo llevó con la discreción que les faltó a sus hijas[viii], ya que no confiaba en que su matrimonio fuera el fin del comportamiento bohemio y licencioso que precedía su fama, y, además, la acusaba de estar distanciándola de su hijo, al que aconsejó varias veces, a lo largo de los años, que se divorciara de ella.

Por eso no deja de ser extraño que, Saint-Exupéry, ante el presentimiento de su muerte[ix] y el halo de necesitar ser protegida que desprendía Consuelo, a pesar de su independencia[x] y la fortaleza de su carácter, le confiara a su madre que cuidara de ella. 

Consuelo no habría de tener los mismos miramientos hacia él, había acabado por estar más resentida por la batalla de conquistas y hedonismo que resultó de aquella relación donde se sucedían los amoríos extramaritales, a veces, simultáneos; no puso demasiado bien a Saint-Exupéry en su comportamiento ni en sus cualidades humanas en “Memorias de la Rosa” y pidió, cuando muriera, ser enterrada con Enrique Gómez Carrillo, su segundo esposo, con quien solo había estado casada durante once meses, pero la hizo rica para siempre. Una decisión probablemente dirigida a los herederos del patrimonio de Saint-Exupéry que habían hecho todo lo posible para silenciar su importancia en su vida.

Puede que en esa actitud hostil de Consuelo pesaran más las infidelidades espirituales y artísticas que las físicas en su tenaz empecinamiento por derruir al mito. No debió aceptar de buen grado que obras como “El principito”, “Ciudadela”, “Escritos de guerra” y los “Carnets” llegaran al público a través de las manos de sus amantes, que, siendo cultas y refinadas, tenían, sin duda, menos sensibilidad literaria que ella.

La obra más popular de nuestro tiempo fue escrita en 1942 en una mansión de Long Island que Consuelo había alquilado para que desplegara el proyecto que surgió en un almuerzo con uno de sus editores, Eugene Reynal que le presionaba para publicar algo y la esposa de éste, Elisabeth que le sugirió una inmersión en la literatura infantil, recordándole la lectura que la actriz Annabella le hiciera de “La sirenita[xi]” de Andersen mientras estaba hospitalizado. Durante el mismo almuerzo, Saint-Exupéry, dibujó sobre una servilleta un primer esbozo de su personaje[xii].

En este tiempo amargo en el plano personal, corroído por el sentimiento de culpa y la impotencia, no perdería la costumbre de buscar un nuevo amor, en este caso sería una relación corta, intensa y apasionada la que le regaló el destino, se llamaba Sylvia Hamilton, era periodista, estaba divorciada y habría de jugar un papel muy importante en el mito de "El pequeño príncipe"; de su mano llegaron a Reynal y Hitchcock el manuscrito y las acuarelas para su publicación.

Saint-Exupéry alternaría su presencia en Long Island con el apartamento de Sylvia en Park Avenue, entre un lugar y otro terminó de escribir el libro. Las largas esperas de ella serían la marca de aquella aventura donde la joven le permitía al ídolo su impuntualidad desorientada y bohemia o los cambios de humor inesperados debido a su depresión.

Pero Consuelo sería siempre la rosa, hermosa, presumida, orgullosa, agresiva pero frágil y con unos deseos vehementes de ser protegida, tal como Saint-Exupéry la veía y, en cierta forma, ella era la preferida entre todas las rosas, no era la única que podía tocar, pero era la suya, aquella que quería cuidar.

Sylvia sería el zorro[xiii]. Largas horas de espera se acumulaban en su cuaderno, tenía la sabiduría de quien sabe distinguir por naturaleza lo importante de lo vano, sentía  que se le abría la sonrisa cuando presentía su presencia a cualquier hora de la madrugada en busca de comida, de alcohol y un paseo hacia la cama. De alguna manera había sido domesticada por este encantador que sabía aplacar el instinto peligroso de los animales y hablar dulcemente a las flores. Antoine no sabía inglés y se comunicaron a través de los gestos y la sonrisa, complementados con palabras imprecisas y fugitivas, tomadas prestadas de diferentes idiomas que no conocían y la apetencia de sexo compulsiva que se da en los comienzos inexplorados de un gran amor hacía el resto.

Marie habría de tener un papel corto pero lleno de significado, sería la estrella que alumbra los sueños de la noche cuando, a veces, es preciso que se despierte el niño que vive con nosotros para intentar alcanzar el planeta al que se han ido las flores. Ella vivía en Francia y él necesitaba saber de su sonrisa para identificarla con la de cualquier persona que se cruzara por la calle en una ciudad a la que después de varios años de relación empezaba a cogerle el pulso.

Hasta ahora no se le ha encontrado un papel concreto a Nelly en “El pequeño príncipe”. Ella que cruzaba océanos por una sola cita, que tuvo que adornar con discreción y silencio la pasión de su vida, no parece probable que hubiera sido olvidada en el último libro que escribió. Hay una carta que demuestra que Antoine quiso finalizar su historia con ella, cansado de su incomprensión  militante en su insistencia de que dejara a Consuelo.

Pero no fue posible una ruptura que solo podría sellar la muerte. Ella lo visitó en el Norte de África y recibió, escrita el 30 de julio de 1944, la que, probablemente, fue la última carta que él escribió. Ella fue la autora de la primera biografía de Saint-Exupéry bajo el pseudónimo masculino de Pierre Chevrier, en ella no mencionaba su relación amorosa con él y despachó a Consuelo en apenas dos líneas..




[i] Podría añadirse su pasión desgraciada con Louise de Vilmorin, de quien estuvo enamorado hasta el punto de dejar por ella la aviación y llevar una vida de pequeño burgués aburrido durante un tiempo.
[ii] Su boda, sorprendentemente, fue religiosa. Ninguno de los dos contrayentes parecía reunir condiciones para ser aceptados por la Iglesia. En ella era una cuestión de hábitos vitales, aunque como salvadoreña era católica convencida. En él, además, una imposición de su pensamiento, con una teoría curiosa sobre la presencia de Dios en los años finales de su vida, cuando se concilió con el Humanismo renacentista y de la Ilustración y, por lo tanto, en una buena parte, de raíz cristiana. En esta ceremonia se consolidó el rechazo de su madre y sus hermanas, escandalizadas por el atavío inapropiado de Consuelo. En señal de respeto por su segundo marido decidió vestir de negro, pero era muy llamativo el vestido, el mismo que llevaba la cupletista Raquel Meyer, anterior esposa de Enrique Gómez Carrillo, cuando cantaba "El Relicario".
[iii] Una enfermedad cuando era niña determinó que no pudiera tener descendencia. Algo trascendental en su carácter, solo tuvo la presencia maternal  que Antoine tenía mitificada en los primeros meses de su matrimonio con un gran esfuerzo que las infidelidades de su nuevo marido, a raíz del éxito de "Vuelo nocturno", convirtieron en vano.
[iv] Decisiva en dos obras deslumbrantes como “Vuelo nocturno” y “El pequeño príncipe”. Consuelo, que tenía un gusto literario más que aceptable, le ayudó a estructurarlas, a superar el caos de Saint-Exupéry en el proceso creativo. Uno de los factores del fracaso de "Ciudadela" pudo ser que faltó su mano en la ordenación del manuscrito.
[iv]En una de ellas Antoine esquivaba divertidamente los platos que ella le tiraba, celosa de su gancho social que ensombrecía su fulgor en las reuniones, en presencia de invitados que se asombraban con sus castillos y trucos de naipes o el relato del sufrimiento agónico de alguna de sus aventuras en Los Andes o en el desierto.
[iv] Una coincidencia muy importante entre Nelly de Vogüé y Marie, su madre.
[v] En una de ellas Antoine esquivaba divertidamente los platos que ella le tiraba, celosa de su gancho social que ensombrecía su fulgor en las reuniones, en presencia de invitados que se asombraban con sus castillos y trucos de naipes o el relato del sufrimiento agónico de alguna de sus aventuras.
[vi] Una coincidencia muy importante entre Nelly de Vogüé y Marie, su madre.
[vii] Debemos admitir que estaba cargada de razones, ninguna madre hubiera querido a Consuelo como nuera. Pero Marie, volviendo a dar una muestra de su gran valía, aceptó con gran entereza y respeto la decisión de su hijo.
[viii] Una desafortunada carta de su hermana Simone ha sido utilizada con frecuencia para remarcar el exclusivismo, la xenofobia y el antisemitismo de la familia Saint-Exupéry. En la carta le decía, aparte de que era una fulana, que casarse con una extranjera era casi tan grave como hacerlo con una judía. Este argumento ha sido utilizado por Paul Webster, la voz más autorizada en todo lo referente a Saint-Exupéry. para reafirmar esta opinión. Creo sinceramente que la aristócrata arruinada que era  Marie, a pesar de su monarquismo, su catolicismo ferviente y de poseer muchos rasgos del conservadurismo que le habían inculcado, era piadosa y orientó a sus hijos hacia una tolerancia inusual entre la clase a la que pertenecía. Las palabras de Simone solo las podemos interpretar  en el contexto de los años 30 donde era frecuente recurrir a ellas en todo tipo de personas cuando se intentaba herir y no existía lo único bueno que nos ha dejado la corrección política.
[ix] Esto ha hecho que algunos estudiosos, no otorgando credibilidad al relato del piloto alemán que no hace mucho, cuando ya era un anciano, reconoció haberle derribado, hayan observado la posibilidad de suicidio. No parece probable, pero es cierto que Saint-Exupéry escribió, pocos días antes de ese fatídico 31 de julio de 1944, reflexiones de un pesimismo estoico sobre su propia muerte en sus "Carnets"
[x] Ahí encontraríamos el alma peregrina de la rosa, siempre penando por lo que no se puede poseer.
[xi] El llanto de alguien que afronta voluntariamente un suplicio en sus ansias por liberarse.
[xii] Hay otra versión que dice que Saint-Exupéry llevaba un tiempo dibujando a un niño rubio en las citas con este matrimonio y Elisabeth, percibiéndolo, le animó a esa aventura literaria, alentada por la persistencia en los dibujos.
[xiii] Hasta hace unos pocos años se mantenía que la sabiduría del zorro representaba la de Denis de Rougemont, uno de los amantes más duraderos de Consuelo. Incluso Paul Webster lo secundaba en un artículo del año 2000 en The Guardian. No falta quien lo identifique con un fenec, un zorro del desierto. Al fin y al cabo Saint-Exupéry le confesó
al periodista Luc Stang que no buscaba las metáforas se limitaba a describir lo que veía.

jueves, 18 de agosto de 2016

En la mirada de la noche (Federico ausente)



1

En la mirada de la noche donde expiran los olivos,
en el verde de silencio oscuro  cerrado de los campos,
donde alumbra sin brillo
la estrella que tiembla
con timidez de doncella enamorada
y no se lleva el miedo que la luna sombría
acaricia en sus manos de tela de araña que muerde,
ni a los locos que gimen el llanto de los grillos
que no pueden romper la aurora con sus patas,
ni el delirio infantil que acunan tiernamente los cartero
en palabras de amor
sin remite ni huella en los tejados.

2

Hay un jardín que muere en el patio del recuerdo
donde canta el jilguero sin luz que lloraba
en lo turbio y estrecho  de una infancia que vuelve,
y entre escombros agolpados contra un muro la tierra se esfuerza
por ofrecer su lecho de húmedas raíces a unas plantas de Oriente
que no verán el camino de sus primeros pasos,
como tus ojos, en un barranco  donde no habita una estrella
que los guíe,
oscuros, deslavazados, apasionados, muertos,
en el libro amarillo que mostrara tu hondura
ante mi asombro de niño
en la palabra de amor que desplegó tu boca hacia los tristes,
hacia los que nacieron arrodillados
ante el peso infinito del estigma invisible,
hacia los que tienen hambre de que las amapolas
vuelvan a los montes derruidos que imploran su dolor de tierra
entre las sábanas blancas tendidas en el ocaso que nadie mira
y que se marchen los comisarios
de la sonrisa exacta que caminan con sus cruces
y esgrimen en el aire sus látigos de orden.

3

Yo en este rincón donde no llega 
el aire que he buscado con ansia y sin descanso
pensando en la amargura
en las lenguas que insisten, en esta tierra mía,
cansada de llorar por quienes la llenaron de elegancia,
en cegar los ojitos del jilguero que no aprendió a volar,
encadenar el llanto que derrama el hombre bueno y libre,
desenterrar las flores, apartar las estrellas,
en manchar la hermosura de tu figura y tu acento,
 despojar a los santos de su mensaje íntimo
y masacrar la rosa en los labios del poeta. 


4

Yo acorralado en este desconcierto de palabra cautiva
que no verá su curso natural cubierto de requiebros,
en esta noche fría de partituras huecas
que forma la sinfonía que no escuchan los pájaros burlones,
y, al fin, llega el poeta con su traje de loco que no encontró destino,
con su corazón atravesado por una pena que sabe que le duele
pero no sabe nombrar con los labios que tiemblan, que la sienten,
ni situar el alma que le arrastra a un rincón desconocido.

Por eso canto, para recordar la emoción del niño
que mira a sus mayores agradecido y obnubilado
por esta senda de luz que cubre el mar, el monte y los recuerdos,
por este sentir profundo cuyo nombre no conoce pero toca
en el rostro de aquellos inundados por la gracia .

Canto para enmarcar la brisa pasajera del cómico ambulante
que siempre encuentra abrigo en el pecho del poeta,
en la hondura temeraria que no se lleva su templanza,
en el poema de luz que se agiganta con el tiempo.


Publicado en Blogger el 21 de Julio de 2013.
Segunda edición el 5 de Enero de 2015.

lunes, 15 de agosto de 2016

Carta a María.

      Cuando el poeta Yves Bonnefoy escribió su famoso prólogo del Hamlet esgrimió una frase digna de ser tenida en cuenta; Lo importante es estar preparado, dotando con ello al mejor drama que se haya escrito de una modernidad que, en su origen, tal vez, le faltaba. Hay que constatar la realidad con nuestros sueños y adaptarnos a lo que nos ofrece. La mía se debate en un tiempo de cambios, lo que era cierto se ha empantanado en una duda dolorosa sobre el sentido de nuestra civilización.

       Un día cualquiera me levanté y pensé que lo que decía era valioso para los otros, que el hombre de la calle podía ser conmovido por el poder taumatúrgico de la poesía, que había que ponerle las cosas delante de los ojos para que, al fin, pudiera verlas. Tenía deseos de hablar, de necesitar a los demás porque pensé que los demás me necesitaban, y aquí llega la realidad con la que me encuentro, el imperativo categórico que me había impuesto se difumina; Nadie me necesita y no puedo contar con la ayuda de aquellos a quienes creo necesitar, es el rasgo más cruel de esta modernidad alienante que nos arrastra a perder nuestra identidad, a no mirar, siquiera de soslayo, el legado de Platón; la soledad como única fuerza creadora, sabiendo de la fragilidad desorientadora del aislamiento de las islas. Los poetas no me consideran uno de los suyos y lo he asimilado hasta el punto de que he acabado por no sentirme uno de ellos.

      Sufro cuando escribo, es un tormento al que, sin poder precisar las causas, no quiero renunciar. Es la tercera oportunidad que me da la vida de escribir con una dedicación razonable El placer de estar escribiendo algo apenas lo he sentido, pero sí lo he experimentado cuando, al transcurrir el tiempo, he leído con asombro algo que consideraba perdido y merecedor de morar en la negra noche del olvido.

Creo que aquí radica el verdadero problema que he tenido en mi lucha por ser libre, la mayoría de la gente no distingue entre orgullo y arrogancia, entre diplomacia e hipocresía, entre sinceridad y un culto fanático y excluyente que conduce a considerar verdadero solo lo que uno piensa. Mi abuela me enseñó que debía sentirme orgulloso de aquello por lo que me hubiera esforzado aunque el resultado no acompañara, a ser sincero aunque me cerrara ventanas desde las que nunca se podría remontar el vuelo por más que la vanidad nos llevara a pensar durante un rato impreciso y engañoso que nuestros pies pisaban por encima del suelo. Entre el fracaso eterno de Welles y el triunfo pasajero de los otros nunca tuve dudas. ¿Qué son veinte años en la inmensidad del mar y de la muerte?


Creo que estoy preparado, María, para hablar de mi circunstancia, para intentar hacerlo lo mejor posible de espaldas a una sociedad que no ama lo único que verdaderamente merece ser amado. Es la única obligación que tengo; narrar la aventura de ser hombre en unos tiempos crueles y desdeñosos con el patrimonio moral que nos identifica, lo único que puedo hacer en el laberinto asfixiante de unos tiempos pretenciosos, en absoluto modernos, ya que se muestra terriblemente proclive a conservar que lo no merece la pena y a matar lo que es imperecedero en su pacto tácito con la futilidad implacable del sueño de la muerte. 

Un abrazo, María, espero haberte ayudado a comprender mi asombro. Ya sabes que tengo en gran consideración tu poesía.

domingo, 7 de agosto de 2016

El zorro y la rosa

Fue durante un almuerzo informal y amistoso en Nueva York en el mes de mayo de 1942 donde nacería el mito literario más importante del último siglo. Su autor, Antoine de Saint-Exupéry, estaba acompañado por uno de sus editores, Eugene Reynal y la esposa de éste, Elisabeth. En la charla amistosa que llenaba los últimos momentos  de aquella velada fue aconsejado por el editor de ponerse a trabajar en cualquier proyecto que se le ocurriera. Hacía más de un año que no publicaba, desde el éxito del antimilitarista y simbólico “Piloto de guerra” y no deseaba que se perdiera la senda de ventas marcada por esta obra inclasificable. No parecía que esto último afectara mucho a Saint-Exupéry en esos momentos, aparcados como estaban sus sempiternos problemas de dinero, con una racha, razonablemente, estable con su esposa, Consuelo, que no tenía, precisamente, problemas de ese tipo.

Elisabeth, recordándole el impacto emocional que le supuso la historia de alguien que lloraba por la necesidad imperiosa que tenía de liberarse, cuando estaba enfermo e impedido en el hospital, y la actriz Annabella le leyó “La sirenita” de Andersen. Le aconsejó que escribiera una obra dirigida al público infantil. Lo que podía parecer una provocación, más que un estímulo, no dejó de dar vueltas en su cabeza y, cuando iban a levantarse de la mesa, le enseñó a Elisabeth el dibujo de un niño en una servilleta. Dibujar mientras conversaba era una extravagancia muy socorrida en Saint-Exupéry que la llevaba a cabo incluso en reuniones menos informales, equiparable a esa otra en la que despertaba a los amigos de madrugada para leerles, por teléfono, lo que acababa de escribir en voz alta. Pero aquel dibujo apenas esbozado significaría, ni más ni menos, la primera piedra en la edificación de un pequeño monumento memorable.

El primer paso era encontrar un lugar tranquilo, Saint-Exupéry le pidió a su mujer que alquilara una cabaña, afectado como estaba por un arrebato místico que le acercaba sin Dios al recogimiento y la meditación de los monjes benedictinos. Ella, que había tardado un año en reunirse con él en Nueva York, parecía, desde su posición de mujer rica, quererle ofrecer lo mejor que encontrara y disfrutar los días que pudiera de la enésima reconciliación, por eso alquiló una mansión victoriana en Long Island, sabiendo que uno de los mayores defectos de su marido era la inclinación por el lujo. Enfadado le dijo que le había pedido una cabaña y que ella le había ofrecido un palacio. Pero acabó agradeciendo su licencia, ya que encontró allí un escenario idóneo para  encontrar un poco de calma y concentrarse. “Escribiría “El pequeño príncipe” en un tiempo récord para lo que era habitual en él y, por lo visto, no desechó tanto material como solía ser su costumbre.

En este tiempo amargo en el plano personal, corroído por el sentimiento de culpa por no estar en el combate ayudando a la liberación de su país, no perdería la costumbre de buscar un nuevo amor, en este caso sería una relación corta, intensa y apasionada la que le regaló el destino, se llamaba Sylvia Reinhardt, era periodista y habría de jugar un papel muy importante en el mito. Saint-Exupéry alternaría su presencia en Long Island con el apartamento de Sylvia en Park Avenue, entre un lugar y otro terminó de escribir el libro. Las largas esperas de ella serían la marca de aquella aventura donde la joven le permitía al ídolo su impuntualidad bohemia o los cambios de humor inesperados debido a su depresión.

Sin embargo, en una afirmación que parece inverosímil, a tenor de sus muchas aventuras y el amor que, ciertamente, le profesó a Sylvia, estos últimos años en la vida de Saint-Exupéry descifraron una dependencia afectiva por su mujer, Consuelo, que podríamos tildar de enfermiza y que desembocó en un hondo arrepentimiento. Las últimas cartas que le escribió mantienen un tono emocionado, profundo y con presencia de muerte, aunque recibiera telegramas escuetos y fríos como respuesta. Ella había empezado una relación con el escritor y filósofo suizo, Denis de Rougemont, compañero de Antoine en las partidas de ajedrez y en las disertaciones sobre el amor, coincidiendo con el affaire de la muchacha neoyorquina. Y siguió con él cuando Saint-Exupéry se encontraba ya en África del Norte y Córcega luchando por su país.

Pero lo que parece que más molestó a Consuelo, y lo refleja con su resentimiento en “Memorias de la rosa”, fue que tuviera un verdadero sentimiento de amor y entregara el manuscrito de “Le petit prince” a Sylvia y la mayoría de sus escritos póstumos a su amante permanente y protectora, aquella que nunca le fallaría y, probablemente, le recordaba a su madre,  Nelly de Vogüé. La mayoría de las amantes de Antoine fueron intrascendentes y Consuelo no podía dejar de ver el cariño en la presencia de Sylvia en las páginas de aquel libro que debía de haber sido, exclusivamente, una exultante declaración de amor para ella. Ni soportaba las confidencias intimas que compartía con Nelly de Vogüé.

Consuelo será siempre la rosa, hermosa, presumida, orgullosa, pero frágil y con unos deseos vehementes de ser protegida, tal como Saint-Exupéry la veía y, en cierta forma, ella era la preferida entre todas las rosas.

Sylvia sería el zorro, no habría estado mal que le hubiera cambiado el sexo, a pesar de las risitas que pudiera provocar. Las largas horas de espera se acumulan en su cuaderno, siente que se le abre la sonrisa cuando presiente su presencia, de alguna manera había sido domesticada por este encantador que sabía enamorar a los animales y hablar dulcemente a las flores. Antoine no sabía inglés y se comunicaron a través de los gestos y la sonrisa, complementados con palabras imprecisas y fugitivas, tomadas prestadas de diferentes idiomas.