domingo, 12 de mayo de 2019

La inmensidad del mar - 24 de marzo - V



en la mirada oscura que vierte los recuerdos,
en la alcoba de plástico gastado
y la libertad cubre
el velo de una salve marinera
 con un himno callado que desgarra
las velas de tu vuelo
con banderas perdidas que devoran el mástil,
los lienzos y el retrato del pintor miserable 
marcado por los labios que muerden una estrofa
en los acantilados salvajes de tu aliento,
del poeta que muestra tu rostro en una sábana
al despertar del sueño que nunca tuvo pulso
con un aullido seco, un llanto desgarrado
que ya no tiene rima
ni conoce la brisa amarga de los puertos
cuando vuelven los barcos que surcan el pasado 
y nunca llegarán
al lazo de tu blusa tendido en la escollera,
al puente derruido de tus ojos,
a las caricias ciegas y a los parques
donde yacen los lirios que llevaban tu nombre,
la palabra que llora la herida de los besos,
la inmensidad del mar que cabe en una lágrima.

***



Es cierto que no vuelve lo que nunca pasó,


que siempre se hace tarde cuando el alma se agrieta


y vaga la esperanza
por la mirada espesa que vierte la amargura

en la alcoba de sombras que guarda la elegancia

de una carta marcada por una fecha incierta.



Cubre la libertad el velo de un olvido

 con un himno callado que destierra

las velas de tu vuelo

con banderas perdidas que devoran el mástil,
los lienzos y el retrato 
del pintor miserable que vive en cada calle
marcado por los labios que muerden un poema
en los acantilados salvajes de tus olas.

El poeta que muestra tu rostro en una sábana
el despertar del sueño que nunca tuvo pulso
con un aullido seco, un llanto desgarrado
que ya no tiene rima
ni conoce la brisa amarga de los puertos,
mira en el horizonte la huella de tu herida
cuando vuelven los barcos que surcan el pasado 
y nunca llegarán
al lazo de tu blusa tendido en la escollera,
al puente derruido de tus ojos,
a las caricias ciegas y a los parques
donde yacen los lirios que llevaban tu nombre,
la palabra que llora la herida de los besos,
la inmensidad del mar que cabe en una lágrima.


***


Es cierto que no vuelve lo que nunca pasó,

que siempre se hace tarde cuando el alma se agrieta

y vaga la esperanza
por la mirada intensa que vierte la amargura
en la alcoba de mimbre que guarda la elegancia
de una carta manchada con una fecha incierta.

Cubre la libertad el velo de la tarde
 con un himno callado y ronco que destierra
las velas de tu ruego,
las banderas celosas que devoran el mástil
de los mares del Sur, la tinta de Pavese,
los lienzos y el retrato 
del pintor miserable que sufre en las esquinas
marcado por los labios que muerden tu recuerdo
en los acantilados salvajes de las olas.

El poeta que muestra tu acento en una sábana
mide en el horizonte la huella de su herida,
el despertar de un sueño 
que nunca tuvo pulso y canta en las farolas
con un aullido seco, un llanto desgarrado
que ya no tiene rima
ni conoce la brisa amarga de los puertos
cuando vuelven los barcos que surcan el pasado 
y nunca llegarán
al lazo de tu blusa tendido en la escollera,
al puente derruido que sostiene tu rostro,
a la caricia ciega que tropieza en el parque
donde yacen los lirios que recogían tu aroma.
la inmensidad del mar que cabe en una lágrima.
 



Es cierto que no vuelve lo que nunca pasó,
que siempre se hace tarde cuando el alma se agrieta
y vaga la esperanza

por la mirada intensa que vierte un desconsuelo

en la alcoba de mimbre que guarda la fragancia

de una carta perdida en una fecha incierta.


Cubre la libertad el velo de la tarde
 con un himno callado y ronco que destierra
las velas de tu pábilo que aborrece la bruma,
las banderas celosas que devoran el mástil
de los mares del Sur, de la fuga de Brel,
los lienzos y las penas
del pintor miserable que vive en las esquinas
cerradas por los labios que muerden los retratos
de los acantilados agrestes de las olas.

El amante que muestra tu rostro en una sábana
mide en el horizonte la huella de su herida,
el despertar de un sueño 
que nunca tuvo pulso y muere en las farolas
con un aullido seco, un llanto desgarrado
que ya no tiene rima
ni conoce la brisa amarga de los puertos
cuando vuelven los barcos que surcan el pasado 
y nunca llegarán
al lazo de tu blusa tendido en la escollera.

El puente derruido que sostiene tu orgullo
y la caricia ciega que tropieza en el parque
atraviesan la noria de los días vencidos
donde yacen los lirios que recogían tu aroma,
la inmensidad del mar que no tiene mesura
y cabe en una lágrima.

***


Es cierto que no vuelve lo que nunca pasó,
que siempre se hace tarde cuando el alma se agrieta
y vaga la esperanza
por la mirada intensa que vierte un desconsuelo
en la alcoba de mimbre que guarda la fragancia
de una carta perdida con una fecha incierta.

Cubre la libertad el velo de la tarde
 con un himno callado y ronco que destierra
las velas de la sangre que se pierde en la bruma,
las banderas celosas que devoran el mástil
de los mares del Sur, 
los lienzos y las penas
del pintor miserable que canta en una esquina
cerrada por los vientos que muerden el retrato
de los acantilados agrestes del olvido.

El amante que esboza tu amor en una sábana
mide en cada recuerdo la huella de su herida,
el declinar de un sueño 
que nunca tuvo pulso y agoniza cantando
con un aullido seco, un llanto desgarrado
que ya no tiene ritmo
ni recorre la brisa amarga de los puertos
cuando vuelven los barcos que surcan el pasado 
y nunca llegarán
al lazo de tu blusa tendido en la escollera.

El puente derruido que sostiene tu orgullo
y la caricia ciega que tropieza en el parque
atraviesan la noria de los días vencidos
donde yacen los lirios que recogían tu aroma,
la inmensidad del mar que no tiene mesura,
se detiene en tus ojos y cabe en una lágrima.

***

Es cierto que no vuelve lo que nunca pasó,
que siempre se hace tarde cuando el alma se agrieta
y vaga la esperanza
por la mirada intensa que vierte un desconsuelo
en la alcoba de mimbre que guarda la fragancia
de una carta perdida con una fecha incierta.

Cubre la libertad el velo de la tarde
 con un himno callado y ronco que destierra
las velas de la sangre que se pierde en la bruma,
las banderas celosas que devoran el mástil
de los mares del Sur, 
los lienzos y las penas
del pintor miserable que canta en una esquina
cerrada por los ojos que muerden el retrato
de los acantilados agrestes de la rabia.

El amante que esboza tu amor en una sábana
mide en cada recuerdo la huella de tus piernas,
el declinar de un sueño 
que nunca tuvo pulso y agoniza sonriendo
con un aullido seco, un llanto desgarrado
que ya no tiene ritmo en las entrañas
ni recorre la brisa amarga de los puertos
cuando vuelven los barcos que surcan las miserias 
y nunca llegarán
al lazo de tu blusa tendido en la escollera,
al hombre que predijo los sueños del pasado.

El puente derruido que sostiene tu orgullo
y la caricia ciega que tropieza en el parque
atraviesan la noria de los días vencidos
donde yacen los lirios que recogían tu aroma,
la inmensidad del mar que no tiene mesura,
se detiene en tus ojos y cabe en una lágrima.



    

    


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Debo tener en cuenta lo que me dijiste algún día y no escuchar tu silencio de ahora.