sábado, 24 de junio de 2017

La strada


Esta paz que se muestra sin arte y sin desvelo 
hace que piense en ti, en tu amor militante, 
en tu lucha sin tregua por alcanzar la luna, 
en las olas que tiemblan ante tu voz serena. 

Rememoro la tarde de Agosto que vimos por primera vez la película, el año, podría ser 1998, yo ya había muerto, como buen cobarde, por primera vez y escapado del Infierno con unas heridas que arrastraré, con justicia, para siempre.
A Laura y a mí nos impactó Gelsomina porque amaba a cualquier persona que se le cruzara en el camino, incapaz de hacer daño a los buenos y a los malos, que soportaba las miserias con una sonrisa estoica y unas ansias de ayudar inquebrantables por más que tuviera las manos vacías, el humor corrosivo del Mato que acabaría costándole la vida mientras esbozaba una última sonrisa antes de apagarse para ir a la región donde, quizás, no exista la risa  y de donde es seguro que no se vuelve, y la brutalidad primaria e irreflexiva de Zampanó que mató en un ataque de ira a quien no podía defenderse e hirió de muerte a quien cantaba con tristeza y abandonaría más tarde a su suerte conociendo, a pesar de su corto entendimiento, su fragilidad ante el mundo cruel de la posguerra de un país vencido y confuso con el corazón endurecido.

¡Ay, no te acuerdas , Laura, de la risa del Mato!, 
No sabe estar callado este pobre poeta 
y Zampanó se enfada y ejecuta a la risa, 
y no quiere escuchar 
aquella melodía tierna de Gelsomina, 
esa triste condena que navega en el aire.

Intentar sintetizar todo esto en un poema quizás no sea una empresa agradecida, intentar recordar una tarde de amor bajo un clima implacable de forma paralela puede parecer excesivo.

¿Ya no te acuerdas, Laura, de esa tarde de agosto, 
ese calor intenso, la pasión que rimabas, 
nuestra ventana abierta recogiendo la brisa, 
 en tu espalda 
el sudor, tus piernas enlazadas?

Puedo decirte, Joaquín, que este poema ha pasado desapercibido dentro de mis modestos logros, tu opinión ha hecho que vuelva a mirarlo. No es una opinión cualquiera, poco a poco he ido conociendo las fuentes en las que bebes, tus cuadernos desplegados como una rosa en el viento; me hablaste de nostalgia un otoño lejano y no he dejado de escuchar tu melancólico y tierno gemido mientras pasaban las estaciones y quedaban los versos. No debemos llorar por lo perdido sino por lo que nunca tuvimos.

El salitre que llega desde los espigones 
acaricia la piel que refugio no encuentra, 
insiste en el dolor que no tiene consuelo, 
en la muerte que viene a expandir su dominio 
en la playa tendida donde lloran los pobres.


(Conversaciones con Joaquín - 11 de octubre de 2015)

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Debo tener en cuenta lo que me dijiste algún día y no escuchar tu silencio de ahora.