sábado, 22 de octubre de 2016

La niebla


Después del silencio se derrama tu voz
en una canción alegre hundida en la tristeza ,
no queda una elegía que haga renacer
los sentimientos rotos, no queda una palabra,
para evocar anotaciones transidas de dolor,
de puentes,  de excesos, de manos,
de orgullo, de agonía…

En el martirio de tus dudas te sumerges
en ese mar de ginebra que se agita sin norte
en la mano que tiembla en el cristal,
en los labios pintados que procesionan en el pasillo.

El amor no aparece con su sonrisa extraña
rellenando los huecos de un corazón que llora
mientras el mundo se inclina en otra dirección
que no tiende sus lazos,
que no retienes, se difumina y se te escapa.

Vives el desconcierto, flirteas con las pastillas,
mueres en la amargura con el tono marchito
de quien siente que su tren se perdió en alguna parte,
en los raíles sin espejo de una metáfora sentida
donde quedan los versos de luz
que huyeron hacia el oeste,
y una sombra que estrecha su figura contra tu cabeza
te susurra lo cerca que se halla la salida.

¡No sé cuántas veces te busqué en el murmullo
del parque por la noche,
cantante callejera en la soledad de la isla,
ni  cuántas recité a Ginsberg acariciando
en su aullido iconoclasta
la ternura de tu rostro de ninfa enajenada!

Ahora miro tu cuerpo abandonado en la niebla
que desprendían aquellos ojos cerrados al mañana.

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Debo tener en cuenta lo que me dijiste algún día y no escuchar tu silencio de ahora.