sábado, 10 de septiembre de 2016

Antoine de Saint Exupéry - Las gacelas


       He criado gacelas en Juby[1]. Allí todos las hemos criado. Las encerrábamos en una finca de enrejado, al aire libre, pues las gacelas necesitan el agua corriente de los vientos, y nada es tan frágil como ellas.
Capturadas jóvenes, sobreviven sin embargo y comen de nuestra mano. Se dejan acariciar y hunden su hocico húmedo en el hueco de la palma. Las creemos domesticadas. Se piensa  haberlas protegido de la pena desconocida que las apaga sin ruido y les entrega una muerte más dulce. que el sueño de  Antonio mientras Cleopatra mordía la gloria que se llevaba la serpiente. 
Pero llega el día en que las halláis, presionando con sus pequeños cuernos infinitos el cercado, en dirección al desierto. Están imantadas. Ellas no saben por qué os huyen; la leche que le lleváis, vienen a beberla, se dejan acariciar por un instante de sombra, hunden con más ternura  el hocico en vuestra mano de amor domesticado.

          Pero, apenas las soltáis, descubrís que con un semblante de galope dichoso se dirigen contra el enrejado. Y, si no intervenís más, permanecerán allí, incluso sin intentar luchar contra la barrera, apoyándose simplemente contra ella, la nuca en la cintura, con sus pequeños cuernos, hasta morir de vida que no pasó ni siquiera al olvido
¿Es el tiempo del amor, o la necesidad de un galope extenso hasta reventar los pulmones? Ellas lo ignoran. Sus ojos estaban cerrados cuando las capturasteis. No conocen la libertad en las arenas, ni el olor del macho las espera en el monasterio desértico de un río de arena dorada.
Pero sois más listos que ellas. Sabéis lo que buscan, es el horizonte lo que las colmará en su ilusión lisonjera. Quieren ser gacelas y enfrentarse a su destino. A 130 por hora, quieren conocer la fuga rectilínea, sesgadas por bruscos brincos, como si, acá y allá, las llamas escaparan de los escaparates de la arena.
¡Poco importan los chacales, si la verdad de las gacelas es disfrutar del miedo que las obliga a superarse, y las desafía a esbozar en el cielo las acrobacias más altas, profundas y misteriosas! Qué importa el león si la verdad de las gacelas es yacer abiertas por un golpe de garras bajo el sol[2]. Las miráis y pensáis: aquí están presas de la nostalgia... La nostalgia, es el deseo de no se sabe qué. Existe el objeto del deseo pero no tenemos palabras para decirlo[3].
¿Y a nosotros, qué nos falta?




[1]  La actual Tarfalla marroquí, entonces Río de Oro y bajo la administración española. Saint-Exupéry charlaba cordialmente con los españoles ya que había aprendido algo de español en sus primeros años de piloto, acabó dominándolo posteriormente cuando era jefe de explotación de la Aeropostal en Argentina.

[2] Esta hermosísima digresión sería incorporada a “Tierra de los hombres”. En ella nos manifiesta el alto precio que los hombres debemos pagar por nuestras ansias de libertad. Aun así se decanta más por la vida azarosa y llena de peligros de los pilotos que por la tranquila y segura de un funcionario. Para él se trata de vivir, no de pasar la vida.

[3] Un punto muy importante en las inquietudes comunicativas de Saint-Exupéry era constatar la insuficiencia de las palabras para expresar estados emocionales complejos. A pesar de sus prodigiosas imágenes y su exquisito trato de la musicalidad, se decantó por la experimentación de acompañar las imágenes de los tropos con las gráficas en “El pequeño príncipe” para facilitar una comprensión absoluta de su enunciado. 

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Debo tener en cuenta lo que me dijiste algún día y no escuchar tu silencio de ahora.