sábado, 27 de diciembre de 2014

Exupéry - Carta a un rehén II.



II


           Yo me decía entonces:  “lo esencial reside en algún lugar en el cuál se ha vivido. En las costumbres. En la fiesta familiar. En la casa de los recuerdos. Lo esencial es vivir para el regreso...” Y yo me sentía amenazado en mis entrañas por la fragilidad de los polos lejanos de los cuáles dependía. Corría el peligro de conocer el verdadero desierto, y empezaba a comprender un misterio que me había intrigado durante mucho tiempo.



He vivido durante tres años en el Sahara. He soñado como tantos otros con su magia. Cualquiera que haya conocido la vida en el Sahara, donde todo es, en apariencia, soledad y pobreza, añora, sin embargo, esos años como los más hermosos de su vida. Las palabras “nostalgia de la arena, de la soledad, del espacio” no son más que fórmulas literarias que no explican nada. Pues aquí, por primera vez, en un barco atestado de pasajeros apretados los unos contra los otros, me parecía entender el significado del desierto.



Ciertamente, el Sahara no ofrece, hasta donde se pierde la vista, más que arena uniforme, o más bien, ya que las dunas son raras, unos lechos pedregosos. Allí nos sumergimos permanentemente en las propias condiciones de la rutina. Sin embargo divinidades invisibles construyen una encrucijada de caminos, pendientes y señales, una articulación secreta y vívida. Entonces ya no hay uniformidad. Todo encuentra su norte. El propio silencio se diferencia de otro silencio.



Hay un silencio de paz cuando las tribus están tranquilas, cuando la noche lleva su frescura, cuando parece que se descansa con las velas plegadas en un puerto apacible. Hay un silencio del mediodía cuando el sol hace que los pensamientos y el movimiento se aletarguen. Hay un silencio engañoso, cuando el viento del norte decae y la presencia de insectos arrastrados como si fueran polen de los oasis del interior, anuncian la tormenta del Este cargada de arena. Hay un silencio cómplice, cuando se sabe de una tribu lejana que está inquieta. Hay un silencio de misterio cuanto se entrelazan entre los árabes sus indescifrables conciliábulos. Un silencio tenso cuando el mensajero tarda. Un silencio agudo, durante la noche, cuando se contiene la respiración para escuchar. Un silencio melancólico cuando se recuerda a la persona que se ama. 



Todo se orienta. Cada estrella señala una verdadera dirección. Todas se convierten en la Estrella de los Magos. Cada una de ellas adora a su propio dios. Esta señala el camino de un pozo lejano, de difícil acceso. Y la distancia que os separa de ese pozo es tan grande como una muralla. Aquella señala la dirección de un pozo agotado. Y la propia estrella parece seca. Y la extensión que os separa del pozo sin agua no tiene pendiente alguna. Otra estrella sirve de guía hacia el oasis desconocido que los nómadas os han cantado, pero que la disidencia os prohíbe. Y la arena que os separa del oasis es el césped de un cuento de hadas. Alguna otra aún señala la dirección de una ciudad blanca en el sur, llena de sabor, parece ser, como un fruto al morderlo. Otra, la del mar.



En fin, unos polos casi irreales imantan este desierto desde la lejanía: la casa de la infancia, que sigue en pie en el recuerdo. Un amigo de quien no se sabe otra cosa excepto que es un amigo. 



Así te sientes con energía y vivificado por el campo de fuerzas que te atraen o te rechazan, te solicitan o se te resisten. Y aquí estás, bien asentado, determinado y fundamentado en el centro de las direcciones cardinales.



       Y como el desierto no ofrece ninguna riqueza tangible, como no hay nada que ver ni escuchar en el desierto, se ve uno obligado a reconocer, ya que la vida interior lejos de languidecer se fortifica, que el hombre se siente alentado, en un primer momento, por impulsos invisibles. El hombre se rige por el Espíritu. En el desierto valgo lo que valen mis dioses.



Por eso si me sentía rico, a bordo de mi triste crucero, en direcciones todavía fértiles, si me sentía en un planeta aún lleno de vida, era gracias a algunos amigos que había dejado atrás en la noche de Francia, y que comenzaban a ser esenciales para mí.



Francia no era decididamente para mí una diosa abstracta ni un concepto histórico, sino un asidero al cuál me aferraba, una red de lazos que me regía, un conjunto de polos que fundamentaba las inclinaciones de mi corazón. Yo experimentaba la necesidad de sentir más sólidos y perdurables que a mí mismo a aquellos a quienes necesitaba para orientarme. Para saber donde volver. Para existir. Todo mi país residía en ellos y por ellos vivía en mí mismo. Para quién otea un continente mientras navega, éste llega a ser sólo el resplandor de algunos faros. Un faro apenas mide la distancia. Simplemente su luz se mantiene en los ojos. Y todas las maravillas del continente residen en esa estrella.



He aquí, en este momento, que Francia, como consecuencia de la ocupación total, se ha paralizado en el silencio con todo su cargamento, como un navío con las lámparas apagadas del que no se sabe si resiste o no a los peligros de los mares,  que la suerte de cada uno de aquellos a los que amo me atormenta más aún que una enfermedad que hubiera contraído. A consecuencia de su fragilidad me doy cuenta de que estoy amenazado en mi esencia.



Aquél que esta noche está presente en mi memoria tiene cincuenta años. Está enfermo. Es judío. ¿Cómo va a sobrevivir al terror alemán? Para imaginar que respira aún necesito creer que el invasor ignora su existencia, protegido en secreto por las bellas murallas de silencio de los habitantes de su pueblo. Solamente entonces creo que sigue vivo. Solo entonces, al deambular a lo lejos en el imperio de su amistad, la cual no tiene fronteras, se me permite no sentirme un emigrante, sino un viajero. Pues el desierto no está allí donde se piensa. El Sahara tiene más vida que una capital y la ciudad más rebosante se vacía si los polos esenciales de la vida se descargan.



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Debo tener en cuenta lo que me dijiste algún día y no escuchar tu silencio de ahora.