sábado, 10 de diciembre de 2011

Traducción para Ayauh

Carta a un rehén

Antoine de Saint- Éxupéry


I


Cuando en diciembre de 1940 llegué a Portugal en mi camino hacia los Estados Unidos, Lisboa se me representó como una especie de paraíso claro y triste. Se hablaba entonces mucho de una invasión inminente, y Portugal se aferraba a la ilusión de su dicha. Lisboa, que había levantado la exposición más brillante que en el mundo hubiera habido, sonreía con una sonrisa algo pálida, como aquella de las madres que han dejado de tener noticias del hijo que fue a la guerra, y tienen que guardarla para alentar su confianza: “Mi hijo sigue vivo puesto que sonrío...” Mirad, decía también Lisboa, lo dichosa, tranquila e iluminada que estoy...” Todo el continente oprimía a Portugal como si fuera una montaña agreste, cargada de tribus de presa; Lisboa en fiesta desafiaba a Europa: “¡Cómo van a tomarme como objetivo cuando muestro tanto interés en no esconderme! ¡Cuándo soy tan vulnerable!...”

Las ciudades en mi patria eran cenicientas durante la noche. Allí había perdido yo el hábito a cualquier resplandor, y esta capital radiante me producía un malestar inexplicable. Si las inmediaciones son oscuras, los diamantes de un escaparate iluminado atraen con más fuerza a los truhanes. Se les siente al pasar. Yo sentía sobre Lisboa el peso de la noche de la Europa infestada de manadas errantes de bombarderos, como si estos hubieran olfateado desde lejos su tesoro.

Pero Portugal se empeñaba en no ver el apetito de la bestia. Rehusaba creer en los malos augurios. Conversaba sobre el arte con una confianza desesperada. ¿Se atreverían a aplastarla a pesar de su culto al arte? Había sacado a la calle todas sus maravillas. ¿Se atreverían a aplastarla con todas sus maravillas?. Enseñaba sus hombres ilustres. A falta de ejércitos y cañones, había adornado todos sus centinelas de piedra contra la metralla del invasor: los poetas, los exploradores, los conquistadores. A falta de ejército y de cañones, todo el pasado de Portugal empalizaba el camino. 

Yo vagaba con melancolía cada tarde entre los logros de esta exposición de un gusto exquisito, donde absolutamente todo rozaba la perfección, así la música, tan discreta y elegida con sumo tacto, manaba sobre los jardines dulcemente, sin estridencia, como si fuera el canto de una fuente. ¿Iban a arrancar del mundo ese maravilloso gusto por la mesura?

Y yo encontraba Lisboa, detrás de su sonrisa, más triste que mis ciudades descoloridas.


Conocí, quizás vosotros lo hayáis hecho, a esas familias un poco extrañas que seguían, al sentarse en la mesa, conservando la plaza de uno de sus miembros ya muerto. Se rebelaban contra lo irremediable. A mí no me parecía que ese reto les  sirviera de consuelo. Los muertos son muertos. Entonces, en su papel de muertos, ellos encuentra un manera distinta de estar presentes. Pero estas familias aplazaban su regreso. Los convertían en ausentes eternos, huéspedes que nunca acaban de llegar. Ellas cambiaban el duelo por una espera sin substancia. Y estas casas me resultaban sumergidas en un malestar inevitable más agobiante que la pena. Del piloto Guillaumet, el último amigo que he perdido y que fue abatido durante el servicio postal aéreo, ¡Dios mío!, he aceptado llevar el luto. Guillaumet no cambiará nunca. No estará nunca presente, pero tampoco estará nunca ausente. He bendecido su cubierto en mi mesa, engaño inútil, y lo he convertido en un auténtico amigo muerto.

Pero Portugal intentaba creer en su alegría, reservándoles sus cubiertos, sus farolitos y su música. Se jugaba a ser feliz, en Lisboa, con el propósito de que Dios tuviera a bien el creérselo. 

Lisboa tomaba también su clima de tristeza por la presencia de ciertos refugiados. No me refiero a proscritos en busca de refugio. No hablo de inmigrantes a la búsqueda de una tierra que fecundar con su esfuerzo. Hablo de aquellos que huyen lejos de la miseria de los suyos para poner en lugar seguro su fortuna.

No habiendo podido alojarme en la misma ciudad, yo estaba en Estoril al lado del casino. Yo venía de una guerra densa: mi grupo aéreo, que durante nueve meses no había jamás interrumpido sus vuelos sobre Alemania, había perdido entonces, en el transcurso de una única ofensiva germana, las tres cuartas partes de su equipaje. Yo había conocido, cuando volví a casa, la atmósfera sombría de la esclavitud y la amenaza del hambre. Yo había vivido la noche densa de nuestras ciudades. He aquí que a dos pasos de mi alojamiento, el casino de Estoril se llenaba de espectros cada noche. Cadillacs silenciosos que parecían ir a algún lugar, los depositaba  sobre la arena fina del porche de la entrada. Se habían vestido de gala para cenar, como antaño. Mostraban sus corazas o sus perlas. Se invitaban los unos a los otros como figurantes, donde no tendrían nada que decirse.  




Después jugaban a la ruleta o al bacará según sus fortunas. Yo iba a veces a verles. No sentía indignación ni sentimiento de ironía, sino una angustia vaga. La misma que nos incomoda en un zoológico delante de los supervivientes de una especie extinguida. Se colocaban alrededor de las mesas. Se amontonaban sobre un crupier austero y se esforzaban en sentir la esperanza, la desesperación, el miedo, la envidia y la alegría. Como seres vivos. Se jugaban unas fortunas que quizás en ese preciso momento, no tenían sentido. Usaban monedas probablemente caducadas. El valor de sus cofres quizás estaba avalado por fábricas ya confiscadas o amenazadas por las escuadrillas aéreas, a punto de ser aplastadas. Sacaban los cheques en la Luna. Se empeñaban en creer, aferrándose al pasado, como si nada hubiera empezado a temblar sobre la tierra, en la legitimidad de su ardor, la cobertura de sus cheques, lo eterno de sus convenciones. Era irreal. Era un ballet de muñecas. Pero era triste.

No sentían nada, sin duda alguna. Yo los dejaba allí. Me iba a respirar a la orilla del mar. Y este mar de Estoril, mar de ciudad marítima, mar sometido, me parecía como si entrara también en el juego. Empujaba al golfo una sola ola suave, reluciente de luna, como un chándal fuera de temporada.

A mis refugiados los encontré en el barco. Este barco desprendía también una ligera angustia. Este barco transportaba de un continente a otro a estas plantas sin raíces. Yo me decía a mí mismo: “Quiero ser un viajero, no un emigrante. He aprendido tantas cosas en mi patria que en otra parte serán inútiles.”  Pero he aquí que mis emigrantes sacaban de sus bolsillos sus agendas, sus vestigios de identidad. Ellos jugaban todavía a ser alguien.

Se aferraban con todas sus fuerzas a cualquier significado. «¿Sabéis. Yo soy tal, decían, de tal ciudad, amigo de mengano… ¿conoces a mengano?”

Y os contaban la historia de un amigo, de una responsabilidad, o la historia de una ausencia, o no importa que otra historia que le pudiera relacionar con algo concreto. Pero nada de ese pasado, ya que se exiliaban, les podría servir. Todavía era todo cálido, reciente, vívido, como son al principio los recuerdos de amor. Se hace un fajo con cartas tiernas. Se anudan todas ellas con suma delicadeza, y la reliquia, al principio desprende un melancólico encanto. Después pasa una rubia con los ojos azules, y la reliquia muere. Pues el amigo, la responsabilidad, la ciudad nativa, los recuerdos de la casa palidecen, ya no sirven.  




Les sentaba bien. De la misma manera que Lisboa jugaba a ser feliz, ellos lo hacían a creer que pronto regresarían. ¡Qué dulce es la ausencia del hijo pródigo! Es una ausencia ficticia ya que, detrás de él, permanece la vivienda familiar. Que se esté en la casa de al lado o en la otra punta del planeta, la diferencia no es esencial. La presencia de un amigo que, en apariencia, se ha alejado, puede hacerse más densa que una presencia real. Es la de la plegaria. Jamás he querido más a mi casa que cuando estaba en el Sáhara, Nunca unos prometidos han estado más cerca de sus novias que los marinos bretones del siglo XVI, cuando doblaban el Cabo de Hornos envejeciendo contra el muro de los vientos contrarios. Empezaban a volver desde su partida. Es el retorno lo que preparaban al izar las velas con sus manos robustas. El camino más corto desde el puerto de Bretaña hasta la casa de la novia pasaba por el Cabo de Hornos. Pero, he aquí, que mis emigrantes no se parecían en nada a los marinos bretones a los que se les había privado de sus novias. Ninguna prometida bretona encendía en la ventana su humilde lámpara por ellos. No eran hijos pródigos, de ninguna manera. Eran hijos pródigos sin casa a la que volver. Entonces empieza el verdadero viaje, ese que está fuera de uno mismo.

¿Cómo reconstruirse? ¿Cómo edificar en uno mismo los pesados escalones de los recuerdos? Este barco fantasma estaba cargado, como el limbo, de almas que aún debían nacer. Sólo parecían reales, tanto que se apetecía tocarlos con las manos, aquellos que, miembros de la tripulación y ennoblecidos por funciones auténticas, portaban las bandejas, limpiaban los cubiertos, lustraban los zapatos y, con un desprecio difuso, servían a estos muertos. No era desde luego la pobreza lo que provocaba, el ligero desdén del personal de a bordo a estos emigrantes, sino la densidad. No era el dinero lo que les faltaba, sino lo esencial. Ya no eran los hombres de tal casa, tal amigo o tal responsabilidad. Jugaban ese papel, pero no era verdadero. Nadie les necesitaba, nadie se precipitaba a llamarles. Es maravilloso ese telegrama que te sobresalta, te levanta en medio de la noche, te arrastra hacia la estación: ¡Ven! te necesito. Descubrimos rápidos a los amigos que nos ayudan. Merecemos lentamente a aquellos que nos exigen que le ayudemos. Ciertamente, a mis aparecidos, nadie los odiaba, nadie les envidiaba, nadie les molestaba. Pero nadie los amaba con el único amor que importa. Yo me decía: serán admitidos, desde su llegada, en los ágapes de bienvenida, las cenas de celebración: ¿Pero quién llamará a su puerta exigiendo ser recibido: “¡Ábreme! ¡Soy yo!” Hay que alimentar mucho tiempo a un niño antes de que exija. Hay que cultivar mucho tiempo la amistad de un amigo antes de que reclame su derecho a ella. Es preciso haberse ruinado durante generaciones reparando el viejo castillo que se resquebraja para aprender a amarlo. 



He intentado convencer a Ayauh, que el verdaderamente grande es este Europeo de alma inmensa, que nunca dejó de ser un niño perdido. Nunca tuvo a consuelo. Creo que no volvió a ver a su amigo, Léon Werth.

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Debo tener en cuenta lo que me dijiste algún día y no escuchar tu silencio de ahora.