sábado, 24 de junio de 2017

Pasolini y María

A Juan Carlos González y su inquietud.

Esta niña inmortal
que Horacio despertara
del sueño de la infancia para tenerla siempre,
palidece en la acera como hoja caída,
sufre en la madrugada, perece en el ocaso
como aquella sonrisa que esbozaste en Beliones.
(Crepúsculo en Benzú)



Creo que la última vez que vi a Pasolini ahogarse en una duda[i] fue cuando, en el apogeo de su fama como cineasta, le preguntaron por su oficio  en un trámite burocrático. No contestó lo que algunos hubiéramos querido ni lo que se habría pensado por su lengua inquieta arrebatada por la locura de la luz. Quizás por un respeto inconsciente, reverencial hacia Pavese[ii], dijo escritor en vez de poeta.
 
Por razones diferentes, mi madre ya no sentirá miedo de dejarme indefenso ante el mundo ya que no volveré al Tobogán para deslizarme en una niñez dichosa a pesar de la muerte que me ronda desde entonces, cuando uno pensaba que nueve años era un estreno demasiado temprano en lo inevitable para que fuera cierto.
 
Mi familia clánica ya no me excusará por mis salidas de tono en mi esfuerzo por romper la monotonía de las conversaciones[iii], ya no insistirá en decirme que siempre he intentado vivir por encima de mis posibilidades, que solo pasaba hambre cuando hablaba de justicia o me escapaba de casa como si fuera el James Dean[iv] más reconocible, a pesar de ser un rebelde que me creía con sobrados fundamentos cuando indagaba  torpemente en los orígenes de un traidor genial que se justificaba, magistralmente pero sin éxito en el fondo, con la ley del silencio[v].
 
Mis amigos ya no me dirán que los perdí en los recovecos de la vida y de la desesperanza de un descreimiento sincero, en las callejuelas sin asfalto ni luces de esa niñez que nunca ha dejado de llamarme, que a algunos de ellos nunca los poseí, ni siquiera un poco, aunque no pensara así durante mucho tiempo y me entristezca por mi ingenuidad, que no los perdí puesto que nunca estuvieron en el lugar que yo había elegido adornar con las más humildes siemprevivas.
 
He comprendido que yo tampoco soy poeta, que no encontrarán en el bosque una alegoría convincente de mis ramificaciones, una metáfora en el laberinto de los reflejos de la representación de mí mismo, en la exuberancia de una entrega que nunca llegué a poseer, que todo lo que hallarían en mis divagaciones sería las cenizas de mi desencuentro con la realidad y el polvo que nunca sería escrito en el viento, como si fuera un poeta romántico desconocido en el apogeo de las exaltaciones nacionalistas que cayera en un patético duelo provocado por cualquier insignificancia sin haberle dado al tiempo la oportunidad de escribir un buen poema con su rostro y su apellido impronunciable.
 
No podré ser poeta por mucho que lo intente, por muchos poemas que escriba guiado por la inspiración más angustiosa, sórdida e irreverente, por muchas velas encendidas que ponga a los pies del orgullo de una ninfa enamorada que ya no quiere abrazarme[vi]. Es una pena a la que tendré que acostumbrarme[vii] y que no podría borrar ni siquiera el reconocimiento tardío de aquellos que me amaron aunque solo fuera un instante.
 
La iluminación vive en una fosa insondable y oscura adonde no llega el aire  para los mortales que no fuimos tocados por una divinidad romana con nombre de teatro en la que no creemos por más que los sacerdotes nos ladren cuando miramos atrás sin ira, hacia adelante sin esperanza[viii].
 
El reconocimiento no llegará jamás y tendremos que actuar como si fuera posible el regreso de lo que nunca se fue, de lo que vive con nosotros pero nunca nos ha dejado tocar ni su carne ni sus huesos, ni su cráneo descarnado para sentir la amargura de la muerte que nos espera.
 
Tú transmites paz, conciliación en lo que rimas, tú le cogiste el pulso a la lira, si no te envidio es porque te aprecio y porque después de haberlo hecho en la niñez he perdido su verdor de enredadera retorcida y no sé cómo pintarlo en mis ojos cuando necesito un sufrimiento que me conduzca a una santidad laica y, sobre todo, porque soy un maldito occidental, como me dicen algunos conocidos, que no sabe volver la espalda al destino que se le ofrece aunque lo lleve a una calle de flores por la que nadie pasa, a una contradicción constante y permanente como un pájaro ciego que ya no quiere chocar con los alambres de su jaula y quieto canta para no morir de hastío.
 
Ahora descubro que siento lo que me dijo Gombrich[ix] una noche de verano cuyas nubes eran truculentas y aquella lluvia entre el calor no duró ni treinta y tres segundos; no he de buscar la poesía sino a los poetas, el arte no sería nada si no existieran los artistas. Pero el poeta sin el hombre valdría menos aún que sus versos cuando los pinta de blanco y la gente no se entera mientras escucha la mejor canción de los Rollings[x].
 
La tuya es una de las pocas relaciones que me quedan en este medio y créeme, con la sinceridad de aquel que habla porque no sabe hacer otra cosa y apenas piensa lo que dice, hubieras estado siempre entre las preferidas. No olvido ese tiempo en que nos conocimos y nos regalábamos guirnaldas en la brisa, palabras para conjurar la muerte de la poesía, para creer en aquella que yace tendida como una sacerdotisa que ya no conoce los ritos esperando en el poniente que llegue la hora del último crepúsculo[xi]. para volver a nacer con los primeros rayos de la alborada, desnuda, triste y desorientada. 
 
Hablemos de los mitos, pues, sabiendo que son hombres y mujeres que pudieron vivir circunstancias parecidas a las nuestras, aprendamos la mitología de nuestros ancestros todo lo bien que podamos porque no debemos ignorar aquello que ha tenido importancia en nuestras vidas o en las de nuestros antepasados que habitan en el sepulcro, pero debemos saber el momento que nos vemos obligados a apartarla para rendir un homenaje a aquellos héroes que llegaron a nuestras playas con sus velas y murieron en un naufragio en el viaje de vuelta habiendo dejado aquí toda su mercancía. Hay dioses que no existen pero son tan importantes que sacrificamos nuestras vidas por mantener viva la llama de sus nombres.
 
Pero nunca debemos situar la mitología por encima del hombre. Quizás la poesía murió uno de estos días, como si nadie lo hubiera advertido, cegada su presencia por la trivialidad de nuestras aspiraciones modernas que devoran hasta las más altas torres construidas por los siglos y convierten el pensamiento en ruinas por mucho que en él radique  lo que se ha logrado y también lo perdido.
 
La poesía  sometida por la indiferencia de un mundo prosaico que mira otras manifestaciones carentes de profundidad pero con un atractivo incuestionable para la gente que quiere conseguir el prestigio de la nada, para los desocupados que encuentran placer en la morbosidad de los que venden una  moral, que quizás, nunca tuvieron, por conseguir una vida más cómoda, una ascendencia jerárquica sobre cualquier hijo de vecino que no sale en las revistas.
 
Pero los poetas siguen escribiendo versos aun sabiendo que no vendrán a cantarlos otras voces[xii], poemizan[xiii] porque su ingenuidad les hace pensar en el milagro de la presencia de los miembros ya muertos cuando aún despiden calor y se siente dolor en lo que fue amputado, en la metáfora de la resurrección que no encuentra reflejo en las paredes del mundo donde se escriben frases para el olvido y deseos irreconocibles para quienes caímos en los brazos mórbidos de la sensualidad, ni fábulas para salvar lo que va quedando en nuestra lucha contra una naturaleza a la que deberíamos tratar como una amiga que no quiere abandonarnos y la golpeamos con la misma rabia que lo hace quien para subrayar su amistad nos llama hermano la larga noche en que ha decidido no ser nuestro amigo y lo sella con un beso, en la esperanza de que una flor nazca en la arena de las dunas y una herida de amor en el bolsillo de la camisa de un bróker después de que sus acciones suban al infierno de los escaparates manchados de sangre de Wall Street, en la medida de lo que no tiene juventud, en el peso de la ingravidez de lo que llora en el Limbo y aún no tiene nombre y vaga apesadumbrado como un niño perdido en una isla que no se llama Nunca Jamás.
21 de Febrero de 2016



[i] Pasolini tenía, como hombre sincero y apasionado, muchas dudas pero solía afrontarlas sin balbucear, entrando con fuerza en la tortura de las equivocaciones, la indeterminación de un mensaje que airea como nunca en las hermosas banderas, la locura de su contradicción; agnóstico esperando la nueva venida de Cristo Hombre, antiabortista entre unos compañeros de izquierdas que pensaban de una manera totalmente opuesta y coincidiendo en un punto tan importante con los cristianos demócratas a quienes detestaba por su hipocresía, a favor de los policías que intentaban sofocar la réplica romana del Mayo del 68 y fueron agredidos brutalmente. Decía de ellos que eran muchachos de la Italia pobre que no habían encontrado otra opción de ganarse la vida y, en cambio, los estudiantes eran los hijos malcriados de las familias romanas acomodadas.
[ii] Estaba equivocado cuando escribí esto, escuché hace poco en una entrevista que le hicieron a Pasolini para la televisión italiana que el controvertido y genial poeta boloñés no tenía al piamontés entre sus preferencias, quizás no le perdonara que fuera casi coetáneo suyo o que hubiera llevado una vida sexual casi inexistente no por vocación monástica sino por la circunstancia de ser un enamorado de todas las mujeres cuyo resplandor le había llevado a la impotencia.
[iii] De pequeño no solía comer adecuadamente por el ansia de crear debates en la mesa y embeberme en ellos.
[iv] James Dean tiraba piedras / a una casa blanca / entonces te besé (Luis Eduardo Aute).
[v] Elia Kazan delató a sus antiguos camaradas del partido comunista durante la locura persecutoria provocada por el senador McCarthy.
[vi]  Esperanza que naciste / para morir después (Edgar Allan Poe). Siempre se ha dicho, para bien y para mal, que era un poeta romántico europeo ubicado en América.
[vii] Hölderlin: Vivo para buscarte / dorada luz de amor / yaces entre los muertos, / Diotima querida, pero el viento te traerá el recuerdo / de lo que fuiste un día / y quedará para siempre. (Variación – Francisco Enrique León).
[viii] que me gusta embarrarme porque el barro es materia pobre y por lo tanto pura; / que sólo adoro la luz cuando no ofrece esperanza. (Pier Paolo Pasolini)
[ix] Ernst Gombrich: historiador británico de origen austríaco, supo sintetizar como nadie la historia y el arte.
[x] Paint it black, se puede pensar que Ruby Tuesday y también se estaría en lo cierto. Para la gente de mi generación nunca fueron los "Stones".
[xi] Creo que nuestro viento de levante nos llega del lugar donde crucificaron a Cristo y el de poniente donde cada día mueren los dioses para resucitar con la siguiente alborada.
[xii] Gente escribiendo canciones / que ninguna voz compartirá (Paul Simon).
[xiii] Suena igual que la nariz de Ovidio para Quevedo.

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Debo tener en cuenta lo que me dijiste algún día y no escuchar tu silencio de ahora.